domingo, 14 de abril de 2013

Los imperativos de comer y follar en la sociedad posmoderna.

La política de la negación

El poder no reprime el sexo y el placer, sino que es el gran incitador y frente a él los asexuales y los anoréxicos representan un movimiento místico que retrotrae a la remota edad de los anacoretas.


Por. Jesús Ferrero (Escritor)
Todavía a finales de los años setenta del siglo pasado los maestros de la escuela de París permanecían cerrilmente empeñados en enjuiciar el poder como una fuente de represión del sexo y el placer y no como una fuente de incitación al sexo y a todos los placeres, perversos o no. Yo abandoné la escuela de París por eso: no estaba de acuerdo en esa visión del poder. Como estudiante de historia y antropología, tenía claro que habían existido formas de poder que en lugar de reprimir los placeres, sexuales o no, incitaban a ellos, y me parecía que en el Occidente moderno estaba ocurriendo lo mismo. Cuando Foucault cambió de enfoque y empezó a aceptar que el poder lejos de prohibir el desahogo pulsional lo estimulaba, para mí ya era demasiado tarde y me había olvidado de la universidad y de sus claustros, que por no protegerte ni siquiera te protegían del asesinato, como había demostrado el desdichado Althusser y su aún más desdichada víctima: su mujer.
Bien es cierto que todavía muchos ingenuos siguen viendo el poder como el eterno represor del sexo y los demás placeres, quizá porque no piensan en el poder romano.
Para ver hasta qué punto el poder en Roma incitó a toda clase de placeres, mórbidos o no, basta con recordar las fiestas de inauguración del Coliseo, con miles y miles de animales sacrificados, cientos de ejecuciones, cientos de representaciones más o menos mitológicas con escenas de bestialismo y zoofilia… Fue la gran bacanal del sexo, la muerte y la sangre, en la que pudieron solazarse los trescientos mil parados que en aquel momento tenía Roma.
Desde los años setenta (en realidad ya antes, si bien no de forma tan insistente) el poder en Occidente ha asumido el papel que tenía en Roma: el de gran incitador, y en modo alguno el de gran represor. Uno de los asuntos más insoportables de la posmodernidad es que todavía existen predicadores que pretenden liberarnos de problemas de los que quizá siempre hemos estados liberados. A este respecto recuerdo lo que me decía mi madre, una mujer de posguerra que se casó embarazada. “¿De modo que piensas que ahora folláis más que antes?”, me preguntaba, y añadía: “¡Que ingenuidad! La humanidad siempre se las ha arreglado para cumplir con su deber fundamental”. Mi madre cree que siempre se ha follado más o menos igual, es una certeza que nunca la ha abandonado, y esa sabiduría tan desmitificadora ha sido muy importante en mi vida, y todos mis acercamientos a la historia y a la antropología han estado presididos por esa verdad heredada de la mujer que me trajo al mundo, y que me ha librado de muchos espejismos acerca de la sexualidad.

Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar
El poder como incitador y no como represor desarma a los que aún se llenan la boca con conceptos como represión, liberación, derrocamiento de tabúes y necedades por el estilo. Todavía no hace mucho anunciaban en un telediario una obra de teatro en la que, según decía la presentadora, “se ensalzaba un sexo sin tabúes”. Se refería al sexo anal. Vaya memez, ¡como si ahora estuviera prohibida la sodomía y fuese necesario educar a ese respecto al personal!
Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar, el follar y el comer. ¿Cuántos programas gastronómicos hay en la televisión? ¿Y cuántos que tocan de una u otra manera el sexo, sin contar que a partir de una determinada hora todos los canales se vuelven pornográficos, incluidos algunos de inspiración católica?
Ocurre sin embargo que cuando los sistemas se empecinan en repetir siempre los mismos mensajes incitadores, generan asfixia en el cuerpo social, y empiezan a surgir rebeliones y místicas de la negatividad. Los anacoretas del siglo III después de Jesucristo huían al desierto porque rechazaban políticamente la disipación tan publicitada por el sistema romano. Era una opción mística, pero a su manera era también una opción política que consistía en abandonar la polis y todas las incitaciones del poder. San Agustín, que fue de joven amante de los espectáculos circenses y sangrientos, sabía algo de eso.
Creo que es desde ese ángulo desde donde debemos ver el movimiento de los anoréxicos, por un lado, y por otro el movimiento de los nuevos apáticos y negadores del sexo, que se está extendiendo en Japón de forma inquietante pero en modo alguno sorprendente.
En un mundo gobernado por la gula y el placer de comer y defecar, como si fuésemos un tubo más que un organismo, el anoréxico se sitúa como el místico de la privación más radical que cabe imaginar, una privación que ya fue adoptada por los anacoretas del pasado. Ellos eran también claramente negadores de la gula y sentían las mismas sensaciones que los místicos de la privación de ahora: los anoréxicos.

Una mística reciente de la privación es la de los negadores del sexo, que en Japón es ya casi una epidemia
Más allá de que pretendan imitar a las modelos, como creen los habituados al simplismo, los anoréxicos son místicos que rechazan comer, algo tan fundamental como respirar, enfrentándose crudamente a sus padres, que les dieron la vida y los alimentaron. Pero en realidad no hacen nada que no hicieran anacoretas como san Antonio, el de las visiones, el alucinado. Y los místicos de ahora que se privan de comer ya saben también que no alimentarse es exponerse a toda suerte de alucinaciones, algunas muy pavorosas y de una intensidad muy superior a las propiciadas por las drogas.
¿Es la respuesta a tanto exceso gastronómico, a tanto gordo, a tanta grasa, a tanta publicidad, a tanta incitación sistemática? ¿Es también buscar la muerte? Seguramente sí, pero todo nuestro sistema está impregnado de muerte y desesperación.
Otra mística de la privación, más reciente, es la de los negadores del sexo. Puede que el 5% de la población mundial sea asexuada, como decía en un excelente artículo Rita Abundancia, pero es que en Japón, curiosamente el país más pornográfico y pederasta de la tierra, la asexualidad se está propagando como una epidemia, sobre todo entre los adolescentes. Ocurre además que en muchos casos el desdén por el sexo se conjuga con el desdén por la comida (en un país como Japón con una gastronomía tan cultivada), y se limitan a alimentarse de cereales con leche. Resulta muy sintomática esta tendencia, surgida en el seno de la cultura más cibernética del mundo, en la que todos los individuos viven enganchados a los hilos del sistema, como elementos de una misma máquina bien engrasada y digitalizada, y donde las rebeliones han brillado por su ausencia.
Son nuevos movimientos de anacoretas, que surgen de nuestras sociedades como surgieron en los primeros siglos del cristianismo y por razones muy parecidas. Son nuevas disciplinas de la privación en el interior de sistemas que nos incitan a no privarnos de nada. Toda una mística y toda una política tan explícitas como reales, lo queramos aceptar o no. La humanidad se las arregla para cumplir con sus deberes gastronómicos y sexuales, cierto, pero también para oponerse a ellos cuando se cansa y cuando quiere plantar cara a las órdenes sistemáticas por hartazgo, por asco, por fatiga y desidia. Viendo lo que está pasando uno entiende mejor el mensaje de Sartre: “Estamos condenados a ser libres”, y cuando nos obligan a comer y a follar por sistema, de pronto decidimos no hacerlo, en parte porque no conocemos un infierno más tétrico que la sensación de esclavitud. Los caminos de la rebelión son tan inextricables como los del Innombrable, dirían los dos hombres que esperaban a Godot.
Jamás caeré en la asexualidad y en la anorexia, ni aconsejo caer en ellas, pero entiendo por qué en nuestro tiempo surgen movimientos que nos retrotraen a la remota edad de los anacoretas.
Fuente: Diario El País (España) . 06 de abril del 2013.

domingo, 13 de enero de 2013

Crítica al libro "Civilización: Occidente y el resto" de Niall Ferguson.


Apogeo y decadencia de Occidente

PIEDRA DE TOQUE: Niall Ferguson explica las ventajas de la cultura occidental y las razones de su declive aunque se olvida de un elemento esencial de su fuerza: su espíritu crítico.


Por: Mario Vargas Llosa (Premio nobel de literatura 2010)
En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante quinientos años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharía . Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979 cuando los ayatolás emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la “occidentoxicación” y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias pero es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella —la Inquisición, el nazismo, el fascismo, el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo—, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1.339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada “la Jerusalén china”, en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos “jefes cristianos” de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado —Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica—, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo, reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen sólo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en New York, a ver la película Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama bin Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013
© Mario Vargas Llosa, 2013
Fuente: Diario El País. 10 de enero del 2013.

sábado, 15 de septiembre de 2012

El libro Drácula, la sexualidad liberada y la moral victoriana.



El príncipe de las tinieblas

Por: Gustavo Martín Garzo (Escritor)


"Drácula", la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. Pero es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro

Se ha cumplido este año, en el mes de abril, el centenario de la muerte del escritor irlandés Bram Stoker, autor de Drácula(1897), de la que Oscar Wilde dijo que era la novela más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. La novela comienza con el diario de Jonathan Harker, un agente inmobiliario que viaja a la remota región de los Cárpatos para formalizar la venta de una casa en Londres, y que no tarda en descubrir que es prisionero del extraño y monstruoso ser que le acoge en su castillo.

En uno de los pasajes de este diario, Jonathan Harker nos narra su encuentro con tres lujuriosas mujeres que irrumpen en su habitación aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Son tres vampiras y, aunque Harker se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. “Mi corazón, escribe, se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos”. Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio”. Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.

Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no sólo aparece en los merodeos nocturnos del conde sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos sólo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker, al comienzo de la novela, en la puerta de su castillo: “Entre libremente”. Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina, la prometida de Jonathan, las que llamen al conde para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y no es difícil imaginar lo que supuso en su tiempo leer unos pasajes como estos.

Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez le llaman a su lado pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre que no dejan de anhelar. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira; Mina logra sustraerse a su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón de este libro extraordinario.

Pero Drácula es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él, y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que ésta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es sólo sus propias vidas sino la posibilidad misma de lo humano.

Drácula representa lo que Nietzsche llamó la “gran razón del cuerpo”, que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismo de la época, terminara por resultar insignificante. Sólo el conde Drácula habla de lo que somos, sólo en él se esconde nuestra verdad.

Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.

Todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad en la escena de la vampirización de Mina. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: “Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle”. A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.

Pero no sólo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: “A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de color, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto”.

Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Fuente: Diario El País (España). 15 de septiembre del 2012.

sábado, 25 de agosto de 2012

Asi habló Zaratustra - Friedrich Nietzsche

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Él pertenece al pasado, presente y futuro. Un diálogo permanente y no anclado en una sóla época. No fue simple detractor del mundo, al contrario lo amaba como hombre, pero aún más como ser humano. Su prosa poética une belleza y sabiduría (las cuales no son excluyentes en su filosofía).

sábado, 7 de abril de 2012

Lenguaje y prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos.

Sexismo lingüístico: de la punta del iceberg al glaciar

El lenguaje no solo está marcado por el género, sino, en general, por el arquetipo viril. Revisarlo requiere una revolución científica; ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal.

Por: Amparo Moreno Sardá. Catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

La publicación del informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que Ignacio Bosque evalúa guías de lenguaje no sexista, ha abierto un debate que se ha quedado en la punta del iceberg. Propongo prolongarlo para abordar lo que oculta en aguas más profundas y qué pasa con unos glaciares que siempre dijimos que acumulan hielos perennes y hoy se quiebran a un ritmo acelerado. Porque las palabras son instrumentos para el pensamiento y el conocimiento y el masculino constituye la pieza clave de las humanidades, las ciencias sociales, la política, el periodismo...

Bosque y otros proponen continuar utilizando el masculino porque muchas mujeres no nos sentimos excluidas. Cierto. Desde que en 1910 las mujeres pudimos acceder a la Universidad hemos asumido las palabras con las que se elabora el pensamiento y el conocimiento desarrollado en torno al concepto “hombre”. Sin embargo, tras profesar, muchas y algunos hemos detectado que el masculino supuestamente genérico no permite designar a los dos sexos porque está marcado y conduce a considerar a las mujeres una “anomalía”, de acuerdo con la explicación de Kuhn sobre las revoluciones científicas. La mayoría propone hacer visibles a las mujeres mediante un lenguaje no sexista y hacen aportaciones a las distintas disciplinas “con perspectiva de género”.

Por mi parte, la lectura atenta de numerosos textos me condujo a constatar que el masculino, tal como lo utilizamos en los debates públicos académicos, políticos, periodísticos, no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres porque sólo considera humano el arquetipo viril.

Por eso las mujeres nos podemos sentir incluidas en los masculinos, porque estamos donde queremos estar. Pero algunas los evitamos, conscientes de que afectan al objetivo de la cámara que utilizamos, reducen el enfoque sobre los seres humanos, dejan fuera parte de las relaciones sociales, borran matices, crean la ilusión óptica de que vemos lo universal y nos llevan a confundir lo particular con lo general. Y buscamos otras imágenes y palabras adecuadas a unas sociedades plurales y complejas que queremos cambiar para hacerlas justas y equitativas.

El primer indicio de que los masculinos restringen y tergiversan nuestro conocimiento lo encontré cuando regresé a la Universidad como profesora. Siendo estudiante, el enunciado “el hombre es el protagonista de la historia” me había permitido pasar de la versión tradicional de fechas, héroes y batallas, a otra que me ayudó a comprender el funcionamiento de la sociedad. Quise aplicar esta enseñanza a explicar la historia de los medios de comunicación y la cultura de masas. Y un día una alumna me recriminó que mi asignatura era “tan machista como todas las de esta casa”. Tenía razón. No mencionaba a las mujeres porque lo ignoraba todo. Para subsanar mi ignorancia leí y releí atentamente y advertí que la mayoría de textos académicos casi no hablan de las mujeres, que si lo hacen suelen utilizar expresiones negativas o ironías para aligerar párrafos densos… Y deduje que el hombre al que consideraba protagonista de la historia no incluía a las mujeres; los nombres propios ratificaban que solo abarcaba parte de los hombres; y las actuaciones que se les atribuían delataban que tampoco incluían a los seres humanos de sociedades a las que se menosprecia como primitivas, subdesarrolladas… Así, al preguntarme de quién hablamos cuando hablamos del hombre tuve que responder que este concepto está marcado por prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos, y no solo por el género, término que empezó a utilizarse para emular la cultura anglosajona.

“Para hacer grandes cosas hay que ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos”. Aristóteles definió así los rasgos del arquetipo viril, sabiendo que solo podía afirmar que ese hombre es superior diciendo que otras mujeres y hombres son inferiores. Y con esta pieza elaboró una explicación para influir en la organización de la polis y lo consiguió. Hasta nuestros días. Aunque los estudiosos y estudiosas actuales ofrecen una versión opaca de sus palabras al utilizar el masculino como si no estuviera marcado y al generalizar como humano lo que el filósofo solo atribuyó a algunos hombres. Además, eliminan aspectos de su análisis que son fundamentales para comprender tanto lo que dijo como el presente.

Proyectan hacia el pasado una visión centrada en lo público que menosprecia lo privado como si fuera insignificante o anómalo. Por eso no logramos entender qué hacemos y podemos hacer cada persona con nuestra economía doméstica en relación con los negocios del consumo transnacional, con una especulación financiera que se ha alimentado de hipotecas basura y ante los paraísos que promete la publicidad y los infiernos de la marginación que dramatizan las televisiones.

No confiesan, como sí hizo Aristóteles, que consideramos “la guerra… un medio natural de adquirir bienes que comprende la caza de los animales bravíos y la de aquellos que nacidos para ser mandados se niegan a someterse”; que la guerra alimenta la apropiación privada y pública de bienes a expensas de desposeer a la mayoría de los recursos necesarios para su supervivencia; que dominar a otros pueblos no es algo espontáneo; que los varones lo han practicado tras ser cruelmente instruidos; que obliga a distribuir tareas entre mujeres y hombres adultos (“el hombre conquista y la mujer conserva”); y algunas atribuyen a los hombres toda la violencia y niegan cualquier complicidad de las mujeres, imprescindible para que las jóvenes generaciones perpetúen y amplíen el sistema. Por eso, ante una crisis que ya no permite ensalzar a los héroes ni proclamarnos superiores, porque África ya no empieza en los Pirineos, sólo sabemos alimentar el miedo… o entonar lamentos victimitas en beneficio de redentores profesionales.

Ciertamente, el concepto “hombre” que acuñó Aristóteles fue asumido en las universidades cristiano-escolásticas por los varones adultos europeos vinculados a la jerarquía eclesiástica que además debían ser célibes. A partir del siglo XII expulsaron a las mujeres, los judíos y los musulmanes de las universidades, como ha explicado Julia Varela. A medida que la cristiandad europea impuso su dominio sobre otros pueblos, transformó las relaciones sociales internas. Algunos hombres y mujeres antes excluidos nos hemos incorporado a los escenarios del poder y hemos tenido que asumirlos; y aunque la lengua se adapta a los cambios sociales, hoy sigue “firmemente asentado en el sistema gramatical del español”, como una “prisión de larga duración”, en palabras de Fernand Braudel.

Todo esto recomienda no usar el masculino como hasta ahora y tampoco sustituirlo por femeninos o doblar palabras. Y obliga a ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal: a promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces. Ardua tarea en unos ambientes académicos que multiplican las evaluaciones, obligan a hacer y decir dentro de cánones estrictos y penalizan cualquier aventura.

Afortunadamente, como detectó Fernández Hermana en los noventa, más allá de estos monasterios hay vida. Otros científicos han generado instrumentos que facilitan elaborar explicaciones plurales, desde diferentes posiciones, en red, de forma cooperativa. Pero para no limitarnos a copiar y pegar hemos de pasar de la punta del iceberg al glaciar de la cultura occidental y preguntarnos con Donna Haraway: “¿Con la sangre de quién se crearon mis ojos?”.

Amparo Moreno Sardá es catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre el tema que plantea en este artículo ha publicado (1986), El arquetipo viril protagonista de la historia; (1988), La otra ‘Política’ de Aristóteles; (1991), Pensar la historia a ras de piel; (2007), De qué hablamos cuando hablamos del hombre. Treinta años de crítica y alternativas al pensamiento androcéntrico.

Fuente: Diario El País (España). 06 de abril del 2012.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los fallos éticos inherentes al capitalismo y la insuficiencia de la democracia.

Regreso a la decadencia de Occidente

Aunque Estados Unidos y sus aliados no dicten ya el programa mundial, la crisis dista mucho de ser irreversible

Por: Shlomo Ben Ami. Vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo.

Desde la publicación en 1918 del primer volumen de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, las profecías sobre la muerte segura de lo que llamó la "civilización fáustica" han sido un tema recurrente para los pensadores y los intelectuales públicos. Se podría considerar que las crisis actuales en los Estados Unidos y en Europa, consecuencia primordialmente de los fallos éticos inherentes al capitalismo de los Estados Unidos y a las deficiencias de funcionamiento de Europa, atribuyen crédito a la opinión de Spengler sobre la insuficiencia de la democracia y a su rechazo de la civilización occidental por estar impulsada esencialmente por una corruptora avidez de dinero.

Pero el determinismo en la Historia siempre ha sido derrotado por las imprevisibles fuerzas de la voluntad humana y en este caso por la extraordinaria capacidad de Occidente para renovarse, aun después de derrotas cataclismáticas. Cierto es que Occidente ya no está solo al dictar el programa mundial y sus valores han de verse cada vez más impugnados por potencias en ascenso, pero el proceso de su decadencia no es lineal e irreversible.

No cabe la menor duda de que el dominio militar de Occidente y su ventaja económica han quedado gravemente reducidos recientemente. En 2000, el PIB de los Estados Unidos era ocho veces mayor que el de China; hoy sólo lo es dos veces. Peor aún: unas atroces desigualdades de renta, una clase media exprimida y la evidencia de unos deslices éticos y una impunidad generalizados están alimentando un desencanto con la democracia y una pérdida cada vez mayor de la confianza en un sistema que ha traicionado el sueño americano de un progreso y una mejora constantes.

Sin embargo, ésta no sería la primera vez que los valores de los Estados Unidos prevalecieran sobre la amenaza del populismo en tiempos de crisis económica. En el decenio de 1930, apareció en los Estados Unidos una variación del programa fascista con la acometida populista del padre Charles Coughlin contra la "alianza con los banqueros" de Franklin Roosevelt. La Unión Nacional por la Justicia Social de Coughlin, que llegó a contar con millones de miembros, acabó derrotada por los poderosos anticuerpos democráticos del sistema americano.

En cuanto a Europa, la crisis de la zona del euro ha expuesto las deficiencias de la democracia al abordar emergencias económicas importantes, además de los fallos en la concepción de la Unión Europea. En Grecia y en Italia, unos políticos fracasados han sido substituidos por gobiernos tecnocráticos. En Hungría, el Primer Ministro, Viktor Orbán, ha presionado en pro de un "restablecimiento [autoritario] del Estado". Casos así parecen indicar el regreso a un pasado europeo en el que fracasos de la democracia dieron paso a formas de gobierno más "oportunas".

Y, sin embargo, mientras que el futuro de Europa sigue estando en el aire, el crecimiento económico y la creación de empleo, por frágiles que sean, han reaparecido en los Estados Unidos. Además, aun cuando China llegara a ser la mayor economía del mundo en 2018, pongamos por caso, los americanos seguirían siendo mucho más ricos que los chinos, con un PIB por habitante en los Estados Unidos cuatro veces mayor que en China.

Desde luego, la desigualdad de renta y la injusticia social son concomitantes a la cultura capitalista en todo Occidente, pero competidores como China y la India no están en condiciones de predicar. En comparación con el capitalismo indio, los fallos éticos del capitalismo en otros países parecen particularmente benignos. Un centenar de oligarcas de la India poseen activos equivalentes al 25 por ciento del PIB, mientras que 800 millones de sus compatriotas sobreviven con menos de un dólar al día. Se compran políticos y jueces y se venden a grandes empresas poderosas por una miseria recursos naturales que valen billones de dólares.

Contar con la mayor economía es decisivo para una potencia que aspire a mantener la superioridad militar y la capacidad para determinar el orden internacional. Así, pues, el poder en retroceso de Occidente significa una lucha más denodada para defender la pertinencia de componentes fundamentales de su sistema de valores, como, por ejemplo, la democracia y los derechos universales.

Europa, con su mentalidad casi poshistórica, hace mucho que abandonó la pretensión de ser una potencia militar. No se puede decir lo mismo de los Estados Unidos, pero, en lugar de reflejar una decadencia de su superioridad militar, sus reveses en Irak y el Afganistán han sido consecuencia de políticas mal encaminadas con las que se intentó recurrir a la fuerza para resolver conflictos para los que, sencillamente, no estaba indicada.

Los recientes recortes en gran escala en el presupuesto militar de los Estados Unidos no tienen por qué indicar una decadencia; pueden iniciar una época de defensa más inteligente, basada en ideas innovadoras, alianzas fuertes y creación de capacidad de los socios. El traslado de prioridades militares de los Estados Unidos a la región de Asía y el Pacífico es un reequilibrio estratégico comprensible, en vista de que los Estados Unidos estaban excesivamente centrados en Oriente Medio y resulta innecesario el mantenimiento de una presencia militar en Europa.

El celo misionero de los Estados Unidos por salvar el mundo de la perversidad de autócratas lejanos, moderado por la fatiga de la población de Estados Unidos con las aventuras exteriores, quedará reducido en gran medida, pero eso no necesariamente significa que China vaya a hacerse automáticamente con el terreno del que los Estados Unidos se retiren. Pese a los recientes recortes, el presupuesto para defensa de los Estados Unidos sigue siendo cinco veces mayor que el de China. Más importante es que la estrategia de China a largo plazo requiere que se centre en el corto plazo para satisfacer su inmensa ansia de energía y materias primas.

No nos engañemos: el eurocentrismo y el desmedido orgullo occidental han recibido golpes duros en los últimos años, pero, para quienes en Occidente se sienten vencidos por el fatalismo y las dudas sobre sí mismos, de la "primavera árabe" y de la reanudación en Rusia de la revolución inconclusa que acabó con el comunismo emana ahora un mensaje de esperanza. Tampoco se ha resuelto la incoherencia entre el capitalismo de China y su falta de libertades civiles. No se puede descartar una "primavera china".

Occidente afronta amenazas graves… como siempre, pero los valores de la libertad y la dignidad humanas que impulsan la civilización occidental siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la Humanidad.

Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y actualmente Vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo, es autor de Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabo-israelí.
Copyright: Project-Syndicate, 2012.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Fuente: Diario El País (España). 16/feb/2012

lunes, 30 de enero de 2012

La humanidad no puede defenderse con métodos inhumanos.

El día que comprendimos la vulnerabilidad universal

Por: Fernando Savater (Filósofo)

En sus reflexiones a partir de la Primera Guerra Mundial, Paul Valéry estableció solemnemente que las civilizaciones habían aprendido por fin que eran mortales.

No estoy seguro de que nadie hubiera sacado entonces tal conclusión, a la que probablemente no se llegó realmente hasta después de la Segunda Guerra, sobre todo tras la explosión de la bomba en Hiroshima.

Pero quizá para muchos de nosotros fue el derrumbe asesino de las Torres Gemelas el 11-S el instante de la auténtica revelación: a partir de ese suceso (de un impacto visual y hasta estético no menor que moral) comprendimos la vulnerabilidad universal, la fragilidad incluso de aquello que creíamos más arrogantemente seguro.

Tuvimos la evidencia irrefutable de que no hay refugio ni santuario: todos vivimos a la intemperie.

Recuerdo que después del atentado mismo, lo siguiente que me impresionó fue la atroz alegría de algunos de mis compatriotas: no eran islamistas radicales ni mucho menos, sino izquierdistas de un antiamericanismo patológico (donde yo estaba ese día, en el País Vasco, fueron partidarios del terrorismo de ETA que celebraban la masacre como la cumbre modélica de lo que ellos pretendían conseguir con menos medios criminales).

Incluso personas educadas, que practicaban aparentemente la moderación política, no ocultaron cierta satisfacción por lo que consideraban un escarmiento.

Estas actitudes me escandalizaron doblemente. Primero, desde luego, por su menosprecio de las vidas sacrificadas traidoramente para impartir esa lección bárbara, brutal y nihilista.

Pero, en segundo lugar, por su estupidez: porque eran incapaces de comprender que a partir de ese momento ya no habría seguridad para nadie en nuestro mundo, ni para los buenos ni para los peores, que desde ese punto sin retorno reinaba la guerra total, sin primera línea ni retaguardia, sin leyes ni miramientos humanitarios.

En estos diez últimos años, nos hemos ido acostumbrando a vivir a la intemperie, sin refugios, aceptando la intransigencia violenta como única norma de la inestable convivencia.

Tras el 11 de Septiembre vinieron las guerras de Irak y de Afganistán, los megatentados de Madrid y Londres, las sublevaciones contra las dictaduras del norte de Africa y Medio Oriente con sanguinarias represiones en la mayoría de ellas, etcétera?

Los gobiernos de casi todos los países se sienten no sólo legitimados para emplear medidas excepcionales de control sino hasta urgidos a ellas por sus poblaciones. Impera un realismo perverso que excusa la tortura y justifica las ejecuciones sumarias.

Por otro lado, las redes sociales de Internet -que a veces ayudan a convocar movimientos antiautoritarios- difunden también mensajes de alarma violentos y xenófobos, como los que motivaron al autor de la matanza de Noruega. La intransigencia brutal toma carta de ciudadanía en todos los estratos sociales.

Hace diez años, el 11 de Septiembre, el mundo empeoró. Pero incluso de los más abominables sucesos puede obtenerse alguna lección útil.

Aquellos atentados demostraron que ni los más poderosos están a salvo del zarpazo del crimen: ojalá nos convencieran también de que la fuerza y la vigilancia son necesarias, pero que cuando se convierten en excusa de abusos acaban colaborando con el enemigo.

Cuando todas las murallas y fortificaciones se revelan vulnerables, cuando debemos vivir sin techo ni resguardo, sólo nos queda una protección: las leyes internacionales que codifican el ideal de convivencia civilizada.

Lo que apreciamos de la humanidad no puede defenderse con métodos inhumanos, aunque sólo se apliquen en circunstancias excepcionales: ya se ha intentado y no funciona. Si el 11-S no hubieran perecido, con tantas otras víctimas, no sólo nuestros escrúpulos sino nuestras cegueras aterrorizadas? no todo estaría perdido.

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Sábado 10 de septiembre de 2011.