sábado, 15 de septiembre de 2012

El libro Drácula, la sexualidad liberada y la moral victoriana.



El príncipe de las tinieblas

Por: Gustavo Martín Garzo (Escritor)


"Drácula", la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. Pero es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro

Se ha cumplido este año, en el mes de abril, el centenario de la muerte del escritor irlandés Bram Stoker, autor de Drácula(1897), de la que Oscar Wilde dijo que era la novela más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. La novela comienza con el diario de Jonathan Harker, un agente inmobiliario que viaja a la remota región de los Cárpatos para formalizar la venta de una casa en Londres, y que no tarda en descubrir que es prisionero del extraño y monstruoso ser que le acoge en su castillo.

En uno de los pasajes de este diario, Jonathan Harker nos narra su encuentro con tres lujuriosas mujeres que irrumpen en su habitación aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Son tres vampiras y, aunque Harker se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. “Mi corazón, escribe, se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos”. Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio”. Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.

Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no sólo aparece en los merodeos nocturnos del conde sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos sólo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker, al comienzo de la novela, en la puerta de su castillo: “Entre libremente”. Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina, la prometida de Jonathan, las que llamen al conde para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y no es difícil imaginar lo que supuso en su tiempo leer unos pasajes como estos.

Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez le llaman a su lado pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre que no dejan de anhelar. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira; Mina logra sustraerse a su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón de este libro extraordinario.

Pero Drácula es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él, y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que ésta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es sólo sus propias vidas sino la posibilidad misma de lo humano.

Drácula representa lo que Nietzsche llamó la “gran razón del cuerpo”, que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismo de la época, terminara por resultar insignificante. Sólo el conde Drácula habla de lo que somos, sólo en él se esconde nuestra verdad.

Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.

Todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad en la escena de la vampirización de Mina. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: “Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle”. A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.

Pero no sólo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: “A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de color, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto”.

Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.

Fuente: Diario El País (España). 15 de septiembre del 2012.

sábado, 25 de agosto de 2012

Asi habló Zaratustra - Friedrich Nietzsche

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Él pertenece al pasado, presente y futuro. Un diálogo permanente y no anclado en una sóla época. No fue simple detractor del mundo, al contrario lo amaba como hombre, pero aún más como ser humano. Su prosa poética une belleza y sabiduría (las cuales no son excluyentes en su filosofía).

sábado, 7 de abril de 2012

Lenguaje y prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos.

Sexismo lingüístico: de la punta del iceberg al glaciar

El lenguaje no solo está marcado por el género, sino, en general, por el arquetipo viril. Revisarlo requiere una revolución científica; ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal.

Por: Amparo Moreno Sardá. Catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

La publicación del informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que Ignacio Bosque evalúa guías de lenguaje no sexista, ha abierto un debate que se ha quedado en la punta del iceberg. Propongo prolongarlo para abordar lo que oculta en aguas más profundas y qué pasa con unos glaciares que siempre dijimos que acumulan hielos perennes y hoy se quiebran a un ritmo acelerado. Porque las palabras son instrumentos para el pensamiento y el conocimiento y el masculino constituye la pieza clave de las humanidades, las ciencias sociales, la política, el periodismo...

Bosque y otros proponen continuar utilizando el masculino porque muchas mujeres no nos sentimos excluidas. Cierto. Desde que en 1910 las mujeres pudimos acceder a la Universidad hemos asumido las palabras con las que se elabora el pensamiento y el conocimiento desarrollado en torno al concepto “hombre”. Sin embargo, tras profesar, muchas y algunos hemos detectado que el masculino supuestamente genérico no permite designar a los dos sexos porque está marcado y conduce a considerar a las mujeres una “anomalía”, de acuerdo con la explicación de Kuhn sobre las revoluciones científicas. La mayoría propone hacer visibles a las mujeres mediante un lenguaje no sexista y hacen aportaciones a las distintas disciplinas “con perspectiva de género”.

Por mi parte, la lectura atenta de numerosos textos me condujo a constatar que el masculino, tal como lo utilizamos en los debates públicos académicos, políticos, periodísticos, no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres porque sólo considera humano el arquetipo viril.

Por eso las mujeres nos podemos sentir incluidas en los masculinos, porque estamos donde queremos estar. Pero algunas los evitamos, conscientes de que afectan al objetivo de la cámara que utilizamos, reducen el enfoque sobre los seres humanos, dejan fuera parte de las relaciones sociales, borran matices, crean la ilusión óptica de que vemos lo universal y nos llevan a confundir lo particular con lo general. Y buscamos otras imágenes y palabras adecuadas a unas sociedades plurales y complejas que queremos cambiar para hacerlas justas y equitativas.

El primer indicio de que los masculinos restringen y tergiversan nuestro conocimiento lo encontré cuando regresé a la Universidad como profesora. Siendo estudiante, el enunciado “el hombre es el protagonista de la historia” me había permitido pasar de la versión tradicional de fechas, héroes y batallas, a otra que me ayudó a comprender el funcionamiento de la sociedad. Quise aplicar esta enseñanza a explicar la historia de los medios de comunicación y la cultura de masas. Y un día una alumna me recriminó que mi asignatura era “tan machista como todas las de esta casa”. Tenía razón. No mencionaba a las mujeres porque lo ignoraba todo. Para subsanar mi ignorancia leí y releí atentamente y advertí que la mayoría de textos académicos casi no hablan de las mujeres, que si lo hacen suelen utilizar expresiones negativas o ironías para aligerar párrafos densos… Y deduje que el hombre al que consideraba protagonista de la historia no incluía a las mujeres; los nombres propios ratificaban que solo abarcaba parte de los hombres; y las actuaciones que se les atribuían delataban que tampoco incluían a los seres humanos de sociedades a las que se menosprecia como primitivas, subdesarrolladas… Así, al preguntarme de quién hablamos cuando hablamos del hombre tuve que responder que este concepto está marcado por prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos, y no solo por el género, término que empezó a utilizarse para emular la cultura anglosajona.

“Para hacer grandes cosas hay que ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos”. Aristóteles definió así los rasgos del arquetipo viril, sabiendo que solo podía afirmar que ese hombre es superior diciendo que otras mujeres y hombres son inferiores. Y con esta pieza elaboró una explicación para influir en la organización de la polis y lo consiguió. Hasta nuestros días. Aunque los estudiosos y estudiosas actuales ofrecen una versión opaca de sus palabras al utilizar el masculino como si no estuviera marcado y al generalizar como humano lo que el filósofo solo atribuyó a algunos hombres. Además, eliminan aspectos de su análisis que son fundamentales para comprender tanto lo que dijo como el presente.

Proyectan hacia el pasado una visión centrada en lo público que menosprecia lo privado como si fuera insignificante o anómalo. Por eso no logramos entender qué hacemos y podemos hacer cada persona con nuestra economía doméstica en relación con los negocios del consumo transnacional, con una especulación financiera que se ha alimentado de hipotecas basura y ante los paraísos que promete la publicidad y los infiernos de la marginación que dramatizan las televisiones.

No confiesan, como sí hizo Aristóteles, que consideramos “la guerra… un medio natural de adquirir bienes que comprende la caza de los animales bravíos y la de aquellos que nacidos para ser mandados se niegan a someterse”; que la guerra alimenta la apropiación privada y pública de bienes a expensas de desposeer a la mayoría de los recursos necesarios para su supervivencia; que dominar a otros pueblos no es algo espontáneo; que los varones lo han practicado tras ser cruelmente instruidos; que obliga a distribuir tareas entre mujeres y hombres adultos (“el hombre conquista y la mujer conserva”); y algunas atribuyen a los hombres toda la violencia y niegan cualquier complicidad de las mujeres, imprescindible para que las jóvenes generaciones perpetúen y amplíen el sistema. Por eso, ante una crisis que ya no permite ensalzar a los héroes ni proclamarnos superiores, porque África ya no empieza en los Pirineos, sólo sabemos alimentar el miedo… o entonar lamentos victimitas en beneficio de redentores profesionales.

Ciertamente, el concepto “hombre” que acuñó Aristóteles fue asumido en las universidades cristiano-escolásticas por los varones adultos europeos vinculados a la jerarquía eclesiástica que además debían ser célibes. A partir del siglo XII expulsaron a las mujeres, los judíos y los musulmanes de las universidades, como ha explicado Julia Varela. A medida que la cristiandad europea impuso su dominio sobre otros pueblos, transformó las relaciones sociales internas. Algunos hombres y mujeres antes excluidos nos hemos incorporado a los escenarios del poder y hemos tenido que asumirlos; y aunque la lengua se adapta a los cambios sociales, hoy sigue “firmemente asentado en el sistema gramatical del español”, como una “prisión de larga duración”, en palabras de Fernand Braudel.

Todo esto recomienda no usar el masculino como hasta ahora y tampoco sustituirlo por femeninos o doblar palabras. Y obliga a ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal: a promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces. Ardua tarea en unos ambientes académicos que multiplican las evaluaciones, obligan a hacer y decir dentro de cánones estrictos y penalizan cualquier aventura.

Afortunadamente, como detectó Fernández Hermana en los noventa, más allá de estos monasterios hay vida. Otros científicos han generado instrumentos que facilitan elaborar explicaciones plurales, desde diferentes posiciones, en red, de forma cooperativa. Pero para no limitarnos a copiar y pegar hemos de pasar de la punta del iceberg al glaciar de la cultura occidental y preguntarnos con Donna Haraway: “¿Con la sangre de quién se crearon mis ojos?”.

Amparo Moreno Sardá es catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre el tema que plantea en este artículo ha publicado (1986), El arquetipo viril protagonista de la historia; (1988), La otra ‘Política’ de Aristóteles; (1991), Pensar la historia a ras de piel; (2007), De qué hablamos cuando hablamos del hombre. Treinta años de crítica y alternativas al pensamiento androcéntrico.

Fuente: Diario El País (España). 06 de abril del 2012.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los fallos éticos inherentes al capitalismo y la insuficiencia de la democracia.

Regreso a la decadencia de Occidente

Aunque Estados Unidos y sus aliados no dicten ya el programa mundial, la crisis dista mucho de ser irreversible

Por: Shlomo Ben Ami. Vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo.

Desde la publicación en 1918 del primer volumen de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, las profecías sobre la muerte segura de lo que llamó la "civilización fáustica" han sido un tema recurrente para los pensadores y los intelectuales públicos. Se podría considerar que las crisis actuales en los Estados Unidos y en Europa, consecuencia primordialmente de los fallos éticos inherentes al capitalismo de los Estados Unidos y a las deficiencias de funcionamiento de Europa, atribuyen crédito a la opinión de Spengler sobre la insuficiencia de la democracia y a su rechazo de la civilización occidental por estar impulsada esencialmente por una corruptora avidez de dinero.

Pero el determinismo en la Historia siempre ha sido derrotado por las imprevisibles fuerzas de la voluntad humana y en este caso por la extraordinaria capacidad de Occidente para renovarse, aun después de derrotas cataclismáticas. Cierto es que Occidente ya no está solo al dictar el programa mundial y sus valores han de verse cada vez más impugnados por potencias en ascenso, pero el proceso de su decadencia no es lineal e irreversible.

No cabe la menor duda de que el dominio militar de Occidente y su ventaja económica han quedado gravemente reducidos recientemente. En 2000, el PIB de los Estados Unidos era ocho veces mayor que el de China; hoy sólo lo es dos veces. Peor aún: unas atroces desigualdades de renta, una clase media exprimida y la evidencia de unos deslices éticos y una impunidad generalizados están alimentando un desencanto con la democracia y una pérdida cada vez mayor de la confianza en un sistema que ha traicionado el sueño americano de un progreso y una mejora constantes.

Sin embargo, ésta no sería la primera vez que los valores de los Estados Unidos prevalecieran sobre la amenaza del populismo en tiempos de crisis económica. En el decenio de 1930, apareció en los Estados Unidos una variación del programa fascista con la acometida populista del padre Charles Coughlin contra la "alianza con los banqueros" de Franklin Roosevelt. La Unión Nacional por la Justicia Social de Coughlin, que llegó a contar con millones de miembros, acabó derrotada por los poderosos anticuerpos democráticos del sistema americano.

En cuanto a Europa, la crisis de la zona del euro ha expuesto las deficiencias de la democracia al abordar emergencias económicas importantes, además de los fallos en la concepción de la Unión Europea. En Grecia y en Italia, unos políticos fracasados han sido substituidos por gobiernos tecnocráticos. En Hungría, el Primer Ministro, Viktor Orbán, ha presionado en pro de un "restablecimiento [autoritario] del Estado". Casos así parecen indicar el regreso a un pasado europeo en el que fracasos de la democracia dieron paso a formas de gobierno más "oportunas".

Y, sin embargo, mientras que el futuro de Europa sigue estando en el aire, el crecimiento económico y la creación de empleo, por frágiles que sean, han reaparecido en los Estados Unidos. Además, aun cuando China llegara a ser la mayor economía del mundo en 2018, pongamos por caso, los americanos seguirían siendo mucho más ricos que los chinos, con un PIB por habitante en los Estados Unidos cuatro veces mayor que en China.

Desde luego, la desigualdad de renta y la injusticia social son concomitantes a la cultura capitalista en todo Occidente, pero competidores como China y la India no están en condiciones de predicar. En comparación con el capitalismo indio, los fallos éticos del capitalismo en otros países parecen particularmente benignos. Un centenar de oligarcas de la India poseen activos equivalentes al 25 por ciento del PIB, mientras que 800 millones de sus compatriotas sobreviven con menos de un dólar al día. Se compran políticos y jueces y se venden a grandes empresas poderosas por una miseria recursos naturales que valen billones de dólares.

Contar con la mayor economía es decisivo para una potencia que aspire a mantener la superioridad militar y la capacidad para determinar el orden internacional. Así, pues, el poder en retroceso de Occidente significa una lucha más denodada para defender la pertinencia de componentes fundamentales de su sistema de valores, como, por ejemplo, la democracia y los derechos universales.

Europa, con su mentalidad casi poshistórica, hace mucho que abandonó la pretensión de ser una potencia militar. No se puede decir lo mismo de los Estados Unidos, pero, en lugar de reflejar una decadencia de su superioridad militar, sus reveses en Irak y el Afganistán han sido consecuencia de políticas mal encaminadas con las que se intentó recurrir a la fuerza para resolver conflictos para los que, sencillamente, no estaba indicada.

Los recientes recortes en gran escala en el presupuesto militar de los Estados Unidos no tienen por qué indicar una decadencia; pueden iniciar una época de defensa más inteligente, basada en ideas innovadoras, alianzas fuertes y creación de capacidad de los socios. El traslado de prioridades militares de los Estados Unidos a la región de Asía y el Pacífico es un reequilibrio estratégico comprensible, en vista de que los Estados Unidos estaban excesivamente centrados en Oriente Medio y resulta innecesario el mantenimiento de una presencia militar en Europa.

El celo misionero de los Estados Unidos por salvar el mundo de la perversidad de autócratas lejanos, moderado por la fatiga de la población de Estados Unidos con las aventuras exteriores, quedará reducido en gran medida, pero eso no necesariamente significa que China vaya a hacerse automáticamente con el terreno del que los Estados Unidos se retiren. Pese a los recientes recortes, el presupuesto para defensa de los Estados Unidos sigue siendo cinco veces mayor que el de China. Más importante es que la estrategia de China a largo plazo requiere que se centre en el corto plazo para satisfacer su inmensa ansia de energía y materias primas.

No nos engañemos: el eurocentrismo y el desmedido orgullo occidental han recibido golpes duros en los últimos años, pero, para quienes en Occidente se sienten vencidos por el fatalismo y las dudas sobre sí mismos, de la "primavera árabe" y de la reanudación en Rusia de la revolución inconclusa que acabó con el comunismo emana ahora un mensaje de esperanza. Tampoco se ha resuelto la incoherencia entre el capitalismo de China y su falta de libertades civiles. No se puede descartar una "primavera china".

Occidente afronta amenazas graves… como siempre, pero los valores de la libertad y la dignidad humanas que impulsan la civilización occidental siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la Humanidad.

Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y actualmente Vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo, es autor de Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabo-israelí.
Copyright: Project-Syndicate, 2012.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Fuente: Diario El País (España). 16/feb/2012

lunes, 30 de enero de 2012

La humanidad no puede defenderse con métodos inhumanos.

El día que comprendimos la vulnerabilidad universal

Por: Fernando Savater (Filósofo)

En sus reflexiones a partir de la Primera Guerra Mundial, Paul Valéry estableció solemnemente que las civilizaciones habían aprendido por fin que eran mortales.

No estoy seguro de que nadie hubiera sacado entonces tal conclusión, a la que probablemente no se llegó realmente hasta después de la Segunda Guerra, sobre todo tras la explosión de la bomba en Hiroshima.

Pero quizá para muchos de nosotros fue el derrumbe asesino de las Torres Gemelas el 11-S el instante de la auténtica revelación: a partir de ese suceso (de un impacto visual y hasta estético no menor que moral) comprendimos la vulnerabilidad universal, la fragilidad incluso de aquello que creíamos más arrogantemente seguro.

Tuvimos la evidencia irrefutable de que no hay refugio ni santuario: todos vivimos a la intemperie.

Recuerdo que después del atentado mismo, lo siguiente que me impresionó fue la atroz alegría de algunos de mis compatriotas: no eran islamistas radicales ni mucho menos, sino izquierdistas de un antiamericanismo patológico (donde yo estaba ese día, en el País Vasco, fueron partidarios del terrorismo de ETA que celebraban la masacre como la cumbre modélica de lo que ellos pretendían conseguir con menos medios criminales).

Incluso personas educadas, que practicaban aparentemente la moderación política, no ocultaron cierta satisfacción por lo que consideraban un escarmiento.

Estas actitudes me escandalizaron doblemente. Primero, desde luego, por su menosprecio de las vidas sacrificadas traidoramente para impartir esa lección bárbara, brutal y nihilista.

Pero, en segundo lugar, por su estupidez: porque eran incapaces de comprender que a partir de ese momento ya no habría seguridad para nadie en nuestro mundo, ni para los buenos ni para los peores, que desde ese punto sin retorno reinaba la guerra total, sin primera línea ni retaguardia, sin leyes ni miramientos humanitarios.

En estos diez últimos años, nos hemos ido acostumbrando a vivir a la intemperie, sin refugios, aceptando la intransigencia violenta como única norma de la inestable convivencia.

Tras el 11 de Septiembre vinieron las guerras de Irak y de Afganistán, los megatentados de Madrid y Londres, las sublevaciones contra las dictaduras del norte de Africa y Medio Oriente con sanguinarias represiones en la mayoría de ellas, etcétera?

Los gobiernos de casi todos los países se sienten no sólo legitimados para emplear medidas excepcionales de control sino hasta urgidos a ellas por sus poblaciones. Impera un realismo perverso que excusa la tortura y justifica las ejecuciones sumarias.

Por otro lado, las redes sociales de Internet -que a veces ayudan a convocar movimientos antiautoritarios- difunden también mensajes de alarma violentos y xenófobos, como los que motivaron al autor de la matanza de Noruega. La intransigencia brutal toma carta de ciudadanía en todos los estratos sociales.

Hace diez años, el 11 de Septiembre, el mundo empeoró. Pero incluso de los más abominables sucesos puede obtenerse alguna lección útil.

Aquellos atentados demostraron que ni los más poderosos están a salvo del zarpazo del crimen: ojalá nos convencieran también de que la fuerza y la vigilancia son necesarias, pero que cuando se convierten en excusa de abusos acaban colaborando con el enemigo.

Cuando todas las murallas y fortificaciones se revelan vulnerables, cuando debemos vivir sin techo ni resguardo, sólo nos queda una protección: las leyes internacionales que codifican el ideal de convivencia civilizada.

Lo que apreciamos de la humanidad no puede defenderse con métodos inhumanos, aunque sólo se apliquen en circunstancias excepcionales: ya se ha intentado y no funciona. Si el 11-S no hubieran perecido, con tantas otras víctimas, no sólo nuestros escrúpulos sino nuestras cegueras aterrorizadas? no todo estaría perdido.

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Sábado 10 de septiembre de 2011.

domingo, 23 de octubre de 2011

Serie televisiva "The Wire". Mario Vargas Llosa: "tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables de las buenas novelas".

Los dioses indiferentes

'The Wire' tiene la densidad, diversidad, ambición totalizadora y sorpresas que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma. No lo había visto nunca en una serie de televisión.

Por: Mario Vargas Llosa (Premio nobel de literatura 2010).

Desde que la serie televisiva The Wire se transmitió he leído tantos elogios sobre ella que no exagero si digo que he vivido varios años esperando robar un tiempo al tiempo para verla. Lo he hecho, por fin, y he gozado con los episodios de las cinco temporadas como leyendo una de esas grandes novelas decimonónicas -las de Dickens o de Dumas- que aparecían por capítulos en los diarios a lo largo de muchas semanas.

Lo primero que sorprende es que la televisión de Estados Unidos -la HBO en este caso- haya producido una serial que critica a la sociedad y a las instituciones de ese país de una manera tan feroz. Probablemente en ningún otro hubiera sido posible; pero, esto no es novedad, pues tanto en el cine como en la televisión norteamericanos es frecuente esa visión destemplada y beligerante de sus políticos, empresarios, jueces, carceleros, banqueros, militares, policías, sindicalistas, profesores, etcétera. La diferencia es que aquellas críticas suelen ser individualizadas: son sujetos concretos los que se corrompen y delinquen, excepciones negativas que no afectan la esencia benigna del sistema. En The Wire ocurre al revés; es el sistema mismo el que parece condenado sin remedio, pese a que algunos de quienes trabajan en él sean gentes de buena entraña y hasta heroicos idealistas como Howard Colvin.

Aunque tiene el clásico esquema de una confrontación entre policías y delincuentes, The Wire rompe a cada paso ese maniqueísmo mostrando que, en el mundo en que transcurre la historia -los barrios negros y miserables de Baltimore, los colegios públicos de la periferia, las comisarías marginales, los almacenes y muelles del puerto, la redacción del principal periódico de la ciudad, The Sun, y las oficinas de la Municipalidad- hay buenos y malos entreverados y que en muchos casos la bondad y la maldad coexisten en una misma persona por momentos y según las situaciones. Lo único que queda claro, al final, es que, en aquella sociedad, casi todos fracasan, y, los pocos que tienen éxito, lo alcanzan porque son unos pícaros redomados o por obra del azar.

Una obra semejante debería dejar una sensación profundamente pesimista en el espectador, y, sin embargo, sucede todo lo contrario. Pese al fatalismo que preside la vida de esas gentes, hay entre los policías, los camellos vendedores de drogas, los ladrones, los matones, los periodistas, los profesores, gentes tan entrañables como el detective borrachín y parrandero Jimmy McNulty, o el policía convertido en maestro de escuela Roland Prez Pryzbylewski, el tierno adicto y confidente Bubbles, o los estibadores que ven, impotentes pero risueños, la desaparición de los astilleros que les han dado de comer y ahora los dejarán en el paro y el hambre. Gracias a ellos, uno sale reconciliado con la fauna humana, esa sensación de que, a pesar de que todo anda mal, la vida vale la pena de ser vivida aunque sólo sea por aquellos momentos de alegría que se viven disfrutando un trago en el bar de la esquina con los compañeros, o recordando aquella noche de amor, o la emboscada que tuvo éxito y -¡por una vez!- mandó al asesino entre rejas.

Los dos autores de The Wire, el ex periodista David Simon y el ex policía Ed Burns, trabajaron muchos años en el mundo que describe la serie. El primero de ellos dice que la concibieron como una novela filmada, y, también, que la mayor influencia que ambos reconocen es la de la tragedia griega, pues, en su historia, también la suerte de los individuos está fijada desde antes de nacer, por "unos dioses indiferentes" contra los que es inútil rebelarse. Algo de cierto hay en ambas afirmaciones. The Wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma (en verdad, no es así, pues la vida que muestran es la que inventan), algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suele caracterizar la superficialidad y el esquematismo. También es verdad que un destino fatídico parece regir la vida de toda la fauna humana que la habita, algo que, justamente, da a sus esfuerzos por escapar a ese cepo invisible que la atenaza, un carácter dramático, patético y a veces hasta cómico.

¿Es la vida así, como la viven esos simpáticos y antipáticos pobres diablos? En absoluto. La vida de The Wire es la vida hechizada de las buenas ficciones, una vida amasada con pedazos de realidad que pasaron por la memoria, la imaginación y la destreza de unos guionistas, directores, actores y productores que se las arreglaron, por fin, para escapar de las banales series de entretenimiento a que nos tiene acostumbrados la pequeña pantalla y realizaron una obra auténticamente creativa: un mundo original, tan persuasivo en su coherencia y en su transcurrir, en la psicología de sus tipos humanos y en las peripecias de las que son autores o víctimas, en la riqueza de su jerga barriobajera, de sus dichos, de su mitología, de su mentalidad, que parece la pura verdad (ese es el triunfo de las grandes mentiras que son todas las buenas ficciones).

Como cada episodio de The Wire es tan endiabladamente entretenido, el espectador tiene la impresión de que, al igual que otras series, ésta también es pura diversión pasajera que se agota en ella misma. Pero no es así. La obra está llena de tesis y mensajes disueltos en la historia, que transpiran de ella e impregnan la sensibilidad de los televidentes sin que éstos lo adviertan. El más inequívoco es la convicción de que la lucha contra las drogas es una empresa costosa e inútil que nunca tendrá éxito, que sólo sirve para asegurar a la marihuana, la cocaína, el éxtasis y toda la parafernalia de estupefacientes naturales o químicos un mercado creciente, para causar más delincuencia y sangre en los barrios donde se trafica y para asegurar pingües ganancias a la multitudinaria maquinaria que se ocupa del tráfico.

La otra es todavía más inquietante: en las sociedades libres de nuestros días, la justicia pasa cada vez menos por las instituciones encargadas de garantizarla, como son la policía, las autoridades y los jueces, y cada vez más por las propias mafias y por individuos solitarios que, sabedores de la inutilidad de recurrir al sistema en busca de reparaciones o sanciones para los abusos de que son víctimas, ejecutan la justicia por su propia mano. Uno de los personajes más fascinantes de la serie es Omar, ladrón que roba a ladrones (y, por eso, según el refrán, debería tener cien años de perdón) y, de una manera más bien instintiva y casi animal, desface entuertos y castiga, infligiéndoles su propia medicina -es decir, la muerte-, a los asesinos del barrio. Que lo mate uno de esos niños de la barriada para los que su solo nombre es leyenda, tiene un siniestro simbolismo: en esos niveles de aislamiento y desamparo la civilización no llega ni llegará nunca y la única justicia a la que pueden aspirar los infelices que allí habitan la deparan los propios delincuentes o el azar.

The Wire no es menos pesimista en lo que se refiere a la política ni al periodismo. Ambas parecen actividades donde la decencia, la honradez y los principios son triturados por una maquinaria de malas costumbres, inmoralidad o negligencia contra la que no hay amparo. El alcalde Tommy Carcetti, antes de ser elegido, era un hombre bien intencionado y limpio, pero, apenas llega al poder municipal, tiene que hacer los pactos y concesiones necesarios para no perder terreno y termina tan hipócrita y cínico como su predecesor. El jefe de redacción del The Baltimore Sun descubre que uno de sus redactores falsea las noticias para hacerlas más atractivas y, al principio, trata de sancionarlo. Pero los dueños del diario están encantados con el material escandaloso y aquel, entonces, para salvar su puesto, debe inclinarse y mirar al otro lado. Que el periodista sinvergüenza reciba, al final de la serie, el Premio Pulitzer, lo dice todo sobre la visión amarga que The Wire ofrece sobre el alguna vez llamado cuarto poder del Estado.

Quisiera terminar con una crítica a la visión de la sociedad norteamericana de esta serie televisiva magistral: su existencia y el hecho de que haya sido difundida por HBO es el desmentido más flagrante a su desesperanza y a su sombría convicción de que no hay redención posible para Baltimore ni para el país que cobija a esa ciudad. Que se pueda decir lo que ella dice a los televidentes de esa manera tan eficaz y convincente es la prueba mejor de que aquellos dioses indiferentes no son omnipotentes, que, al igual que sus antecesores griegos, adolecen de vulnerabilidad y pueden ser a veces derrotados por esos humanos a los que zarandean y confunden.

Fuente: Diario El País (España). 23/10/2011.

domingo, 19 de junio de 2011

Alineación generacional, parricidio ritual, modernidad atemporal y perspectivas singulares e inéditas en la creación literaria.

El espejismo generacional

Por: Juan Goytisolo. Escritor

El trayecto de la juventud a la vejez de un escritor, desde la alineación generacional de la primera a la soledad creadora y vital de la última, suele ir acompañado de actitudes autoafirmativas que hacen tabla rasa del pasado inmediato y conducen al parricidio ritual. Todo empieza con nosotros cuando somos jóvenes y, mientras los "abuelos" son vistos a veces con indulgencia, nuestros predecesores no.

Recuerdo las declaraciones del "ya francés" Julio Cortázar a su regreso de una visita a Buenos Aires tras una larga ausencia. Los escritores de la hornada posterior a la suya lo ignoraban: no había sufrido como ellos los horrores de la dictadura argentina, vivía cómodamente en París y su obra, decían, había dejado de interesarles. Pocos años después de su muerte, las aguas volvieron a su cauce. Lo mismo acaeció con Lezama Lima tras el triunfo de la Revolución. Los poetas jóvenes le negaban el café y el azúcar: era ajeno a las preocupaciones del pueblo y pertenecía al pasado. En un excelente número de República de las Letras consagrado a Antonio Gamoneda y al autor de Paradiso, Antón Arrufat, portavoz de otros autores agrupados en Lunes de Revolución, explica su primitivo alejamiento y posterior comprensión gradual del legado literario del gran escritor.

El desencuentro generacional se reitera a lo largo del tiempo sin que los nuevos artistas, poetas y escritores, salvo raras excepciones, escarmienten en cabeza ajena. Manuel Azaña escribió sobre el tema unas líneas memorables:

"La sangre moza se imagina que el mundo nace de su calor; la sangre amortecida, que con ella descaece la vida. Cada generación se persuade que las desdichas de su edad han corrido de un orto a un ocaso. Cuando echa de menos el brío juvenil, imagínase que concluye y resume en sí una vuelta redonda del tiempo histórico. De tales preocupaciones y falacia el espíritu vigoroso está obligado a emanciparse. Como del localismo geográfico, así está obligada la razón a liberarse del localismo temporal, que corta la duración en círculos intangentes, trazados sobre la edad".

Leer a Manuel Azaña, en mi opinión el mejor crítico literario, junto a Luis Cernuda, del siglo que dejamos atrás, nos orienta hacia una mejor comprensión de la vivencia ínsita a la creación artística a lo largo del tiempo. El gran Mijail Bajtin, con su percepción luminosa de que si aquella aspira a proyectarse en el futuro debe hacerlo a partir de un conocimiento cabal del pasado, pues lo que vive tan solo en el presente desaparece con él, halla en Azaña un inesperado y genial precursor. Una cosa es la actualidad, nos dice, y otra la modernidad atemporalque circula a lo largo de los siglos.

La empresa de volver a los clásicos, no para imitarlos, sino para reescribirlos, es el mejor modo de asegurar su propia posteridad. Si Picasso se apropió, para desestructurarlos, de Velázquez y Goya, ¿por qué no asumir la invención del Quijote de Borges y reelaborar El hacedor? Del mismo modo que, gracias a Avellaneda, Cervantes transformó el relato de un personaje enloquecido por sus lecturas en el de un creador enloquecido por los poderes de la literatura, todos podemos recurrir a la biblioteca de Babel a condición de hacerlo con tino y con la conciencia de ser eslabones de una impredecible evolución histórica que no termina en nosotros y a la que nadie puede poner un punto final.

Si en la década de los veinte del pasado siglo, los formalistas rusos describían la historia del arte y de la literatura como una sucesión dialéctica de forma en la que la forma nueva no surgía para expresar un contenido nuevo sino para reemplazar a otro gastado hasta la trama y caído ya en desuso, las recientes reflexiones de Milan Kundera sobre el asunto afinan dicha formulación: el novelista que aspira a perdurar debe descubrir lo que sus predecesores no han visto ni escrito. No se trata pues de saltar de un tema a otro sino enfocar el mundo y las sociedades e individuos que lo pueblan desde una perspectiva singular e inédita.

Las generaciones jóvenes que hoy aspiran a ello son a la vez rupturistas respecto al pasado inmediato y conscientes de la necesidad de engarzar con el legado que a sus ojos no ha perdido vigencia. Sin atenerse a los criterios de la consabida crítica al uso -tan dada a ensalzar las obras destinadas al lector perezoso-, algunos autores insumisos a las normas trazadas sintonizan su labor novelesca con las infinitas posibilidades abiertas por el universo virtual creado por la ciencia y las técnicas del nuevo milenio: ese desgarrón, en palabras de Jesús Ferrero, "entre los que se educaron bajo el signo de la galaxia Gutenberg y los que no". El desafío al que se enfrentan estos es arduo y estimulante. Arduo, porque toda hermandad basada en percepciones comunes impone al artista el reto de desmarcarse de ella. Estimulante, en la medida en que dicha ruptura implica la fe en una trayectoria a menudo incomprendida y mirada a veces con hostilidad o con sospecha.

La historia se repite, aunque las circunstancias cambien. Miembro de la llamada generación del medio siglo -la nacida entre 1926 y 1936-, marcada por la Guerra Civil y la interminable dictadura que le sucedió, mi vinculación con los escritores de mi edad o algo mayores que yo se fundaba en una serie de inquietudes políticas y sociales compartidas. El propósito de denunciar la ocultación de la realidad por una prensa amordazada por la censura nos inducía, como escribí aquellos años -en Francia y México, no en España- a desempeñar el papel informativo que en los países democráticos corresponde a los diarios. Dicho objetivo y las afinidades ideológicas reforzaron los cimientos de nuestra relación por encima de las divergencias literarias y ambiciones artísticas. Con todo, al cabo de un tiempo, el fundamento de aquella se resquebrajó y cada uno de nosotros siguió su propio trayecto.

La distancia del mundo que concede la vejez permite ver las cosas de otra manera. Se puede ser un cascarrabias, como lo fueron un puñado de autores insignes, pero alcanzar también una lucidez fruto del reconocimiento de los propios errores y del abandono de todo espíritu de clan y afán de competencia. El creador, enfrentado a la cercanía de su desaparición física, no rivaliza ya con nadie; ve las cosas y su vida a distancia; elude la trampa del espejismo generacional y del "localismo temporal" del que habla Azaña. Sabe que la historia coloca a cada cual en el lugar que le corresponde: al innovador rebelde en el suyo, y a quienes confunden creatividad con éxito de ventas o visibilidad mediática en la plenitud de su nada.

Fuente: Diario El País (España). 19/06/2011.