martes, 5 de noviembre de 2013

En Babilonia se practicaba una religión ritual en la que el sexo era sagrado, hasta tal punto que se oficiaba en los templos.



“El sexo se oficiaba en los templos”

Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963) considera haber llegado a una edad madura, porque un escritor de 40, para él, es un escritor adolescente.

El escritor argentino Federico Andahazi se responde en “El libro de los placeres prohibidos” las preguntas que se realizó sobre el amor y el sexo y su relación con lo sagrado y lo profano con su primer libro, “El anatomista”.

Desde que publicó “El anatomista”, en 1997, Federico Andahazi ha publicado una docena de libros que abarcan distintas épocas de la historia, y una obra de no ficción: “Pecar como Dios manda. Historia sexual de los argentinos”, en tres volúmenes. Actualmente viaja por el mundo presentando “El libro de los placeres prohibidos” (Planeta, 2012), con el cual llegó para presentarla en la Feria Internacional del Libro de Lima 2013. 

Andahazi considera que este libro es como la segunda parte de una saga conceptual que comienza con su primera obra, “El anatomista”. La razón es que, como él lo explica, cuando escribió ésta, era un escritor muy joven, apenas tenía “veintipocos años”, como le gusta decir, y suponía que escribir libros consistía en plantearse preguntas, pero ahora, a sus cincuenta, considera que los escritores también tienen el derecho a contestarse algunas de las interrogantes que se han planteado. En este su reciente creación, el escritor argentino se responde las preguntas que se hizo sobre la vida, el amor y el sexo en su primera novela.

El sexo sagrado“Yo cumplí este año 50 y creo que para jugar el fútbol ya estoy viejo; me hubiera encantado, pero ya estoy viejo; pero para ser escritor creo que acabo de entrar en la edad adulta hasta ahora. Me parece que un escritor de 40 años es un escritor adolescente. Parte de esta madurez literaria radica en responderme las preguntas que algún día me hice”, dice.

Una de esas primeras preguntas fue: ¿en qué momento la prostitución dejó de ser algo sagrado para convertirse en algo pecaminoso y prohibido? Andahazi lo resuelve así: “Eso se puede fijar claramente en la historia. Varios siglos antes de Cristo, los hebreos fueron sometidos por los pueblos babilónicos. En Babilonia se practicaba una religión ritual en la que el sexo era sagrado, hasta tal punto que se oficiaba en los templos. Yo hubiera sido muy religioso en esa época. Además, esas misas babilónicas eran orgiásticas: cuanto más placer sentían los feligreses, cuanto más placer les ofrecían las sacerdotisas, tanto más se rendía culto a la divinidad, particularmente a la diosa Ishtar. Claro, cuando los hebreos consiguen librarse del yugo babilónico, van a repudiar de tal forma al opresor que la sexualidad ritual va a quedar asociada a ellos y la sexualidad en general va a quedar asociada a Babilonia y al opresor babilónico. De modo que por herencia judeocristiana nosotros heredamos ese repudio al sexo”.

—¿Hay algún otro descubrimiento que logró con este libro?—Sí, hay algo que me dejó perturbado. En la novela aparece con mucha recurrencia la figura del monje copista: toda una vida transcribiendo estos manuscritos y eran ágrafos, no sabían leer, ignoraban el sentido de lo que estaban haciendo. Y eso era así porque la Iglesia concebía que si lo entendían, podrían alterarlo consciente o inconscientemente. A mí me impacta mucho la figura de ese monje que se pasa las horas, días, meses, años, siglos, escribiendo, y que, además, ignora los caracteres, no sabe lo que está haciendo. Yo me preguntaba hasta qué punto nosotros no estamos siendo monjes copistas que hacemos automáticamente una tarea sin saber bien de qué se trata, sin comprender esos caracteres de lo que es nuestra vida finalmente, sin entender el sentido de la novela que narramos todos los días de nuestra existencia.


En “El libro de los placeres prohibidos” Andahazi se responde algunas preguntas que se hizo en “El anatomista”.
—¿El sexo es uno de sus demonios que lo persigue? ¿De dónde viene esa temática recurrente en su novela?—No es una temática que me persigue, es una temática a la cual persigo yo. Creo que hay algo intrínseco en la literatura que tiene que ver con la sexualidad. Me parece que no podría concebirse la narrativa, la novelística, la literatura sin esta pulsión de lo sexual. Quien más temprano hace este descubrimiento es Freud, quien decía que detrás de toda obra artística hay como semilla una pulsión sexual. Esa pulsión sexual Freud la describe como algo que en un proceso de sublimación se convierte en otra cosa: novela, pintura, obra de teatro, creación artística... Ahora, cuando escribo, puedo percibir claramente esas pulsiones sexuales. De lo que se trata es no de transformarla en otra cosa, sino en intentar explicarlas; por eso la sexualidad aparece a flor de piel en mi narrativa.

—Con la ciencia actual, ha quedado en entredicho Freud. ¿Ha continuado con la carrera de psicología?—Afortunadamente para mis pacientes, dejé el psicoanálisis hace mucho tiempo. Creo que como psicoanalista era un gran escritor. En cuanto a lo que dices, pero me parece que hay un abismo entre la teoría y la práctica, me parece que hay algo impracticable en el psicoanálisis, así como en la teoría de la relatividad, que no es muy lejana a la época del inconsciente del Freud. Para probar en todos sus aspectos la teoría de la relatividad, habría que superar la velocidad de la luz. Yo creo que hay algo en la práctica psicoanalítica que todavía no se puede alcanzar, que es equivalente a la superación de la velocidad de la luz en la física.

—Un personaje contrapuesto a estos monjes copistas es Gutenberg. ¿Cómo así aparece este personaje mundial en su novela?—En principio, yo había concebido este libro como una suerte de relato de esta guerra virtual que se armó, en la época de la aparición de la imprenta, entre los primeros imprenteros y los últimos copistas; pero a medida que iba avanzando en esto, descubrí un personaje fantástico, oscuro, del cual yo creía saber mucho y no sabía nada. Si nos preguntan quién fue Gutenberg, contestaríamos de manera escolar que es el inventor de la imprenta, de los libros tal cual los conocemos. Bueno, Gutenberg nunca inventó la imprenta; de hecho, la invención de la imprenta es un lugar mítico de la historia. Lo que inventa Gutenberg es una máquina para falsificar manuscritos. Pensemos que un manuscrito valía una fortuna, lo mismo que una casa en una ciudad europea. Gutenberg inventa una máquina para hacer en dos horas lo que antes llevaba dos años de trabajo.


Gutenberg es acusado de “matar el libro” en esta novela. “Su Biblia es una falsificación perfecta”, dice Andahazi.
—Gutenberg es acusado de matar el libro en su novela.—Eso solo es en la novela, no en la realidad. Y bueno, quienes tuvimos el privilegio de tener en nuestras manos una biblia de Gutenberg, sabemos que no se puede notar la diferencia entre un manuscrito y un libro impreso por él. Cuando la Iglesia se encuentra con este artefacto “demoniaco”, sabe que, en principio, la lectura de la Biblia quedaría en manos de cualquier mortal, pero ese era el problema menor, porque el tema no eran los libros sagrados, sino los libros prohibidos. Estaba el famoso Index Librorum Prohibitorum, que era el índice de todos los libros prohibidos. El gran terror de la Iglesia era qué pasaría si se hicieran públicos estos libros prohibidos. Había uno en particular que era el Libri Voluptatum Prohibitorum, el Libro de los Placeres Prohibidos, cuya sola mención erizaba los pelos de los clérigos de la Iglesia, porque condensaba todo el saber sobre el sexo desde la época de Babilonia hasta la Edad Media.

—¿Gutenberg fue un visionario, un negociante o un pirata de libros?—Fue todo eso. Fue un genio, un falsificador, un pirata y un negociante, pero creo que, fundamentalmente, él no tuvo conciencia de que era un genio. La imprenta fue el comienzo del Renacimiento; fue una bisagra en la historia de la humanidad. De modo que no se le puede juzgar a Gutenberg por sus intenciones, sino por sus hechos objetivos: fabricó la máquina más revolucionaria de la historia de la humanidad. Solamente ahora con la aparición de Steve Jobs es que podemos decir algo semejante. Me parece que Jobs, de alguna forma, fue el continuador del trabajo de Gutenberg.

—Como su personaje en “El anatomista” se preguntaba, ¿existe ese punto del cuerpo a través del cual podemos hacernos de la voluntad de las mujeres? —No, lamentablemente. A mí me parecía increíble que el clítoris tuviese un descubridor y que además se llamara Colón. Y esto fue verdad, el personaje Mateo Colón existió. Es muy elocuente, porque el tipo se propuso adueñarse de la voluntad femenina, y ya vemos que es la historia de un fracaso, y creo que, en ese sentido, en lo personal, yo vengo fracasando desde que empecé con esto hasta la fecha. 


Comenzó otra novela en Lima
—¿Qué está escribiendo actualmente?—Acabo de empezar mi novela en Lima. Anoche (la entrevista fue hecha el 20 de junio de 2013) tuve una revelación: me pasé la noche en vela escribiendo los dos primeros capítulos de una novela que va a ocurrir en Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. También me alejo en el tiempo, pero muy poco. Es una novela que tiene algunos aspectos no autobiográficos, pero sí tiene que ver con mi historia familiar.

Marco Fernández Redacción

Fuente: Diario La Primera (Perú). 12 de agosto del 2013.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La “República” de Badiou. El espíritu igualitario y comunista del proyecto político de Platón.

Obra de Rafael. La “Academia” fundada por Platón en el año 388 a. C. en Atenas.

La “República” de Badiou

Filosofía. El pensador francés subraya el espíritu igualitario y comunista del proyecto político de Platón.

MARIANA DIMOPULOS

Imaginemos: un cine constante, donde se suceden las películas. El único trabajo es mirar y dejarse convencer. Los espectadores tienen las cabezas fijas, auriculares inamovibles, y no pueden abandonar los asientos. No hay diversión, o es una diversión triste e inútil. En la primera versión de este mito, de hace unos dos mil cuatrocientos años, los espectadores eran prisioneros de una caverna y no veían películas sino figuras proyectadas por el fuego sobre un fondo de piedra. Esa es la versión de Platón. En la última, del filósofo francés Alain Badiou, los hombres que viven alimentados de las apariencias, sin llegar jamás al conocimiento, ven una tras otra todas las novedades de Hollywood.
Sin dudas, leyendo el mito de la caverna uno imagina inevitablemente una sala de cine. Ya lo había reconocido Cornford, el experto inglés, en su clásica traducción de la República . Pero es posible que la coincidencia, como tantas otras que descubrimos entre el pensamiento de Platón y la actualidad de nuestro mundo, no sea producto del azar. Al menos esa es la convicción de Badiou. Para demostrarlo, nada mejor que tomar el texto capital de Platón y hacerlo valer de vuelta, es decir, retraducirlo. En nuestro mundo, al igual que en el tiempo de Platón, reinan los sofistas y es preciso combatirlos. También ahora, aunque se desconfíe de ellas, existen las verdades y las ideas. Y si bien algunos lo niegan, sigue siendo válido que la filosofía y la política deben ir de la mano.
Pero no se trata de una traducción cualquiera. En su versión propia, llamada La República de Platón (Fondo de Cultura Económica), Badiou convertirá ese ideal de la ciudad que representa la República en el ideal de la política, es decir, en la igualdad ideal del comunismo.
La vasta obra de Badiou está repleta de declaraciones sobre su propio platonismo. En La hipótesis comunista , libro aún no traducido al castellano, define este programa como un “renacimiento del uso de Platón”. Y es en esta renovación del pensamiento del filósofo griego que Badiou introduce el experimento de su “hipertraducción” de la República . Para lograrlo, deberá multiplicar las operaciones textuales. Por un lado, reemplazar las referencias culturales que en las ediciones clásicas están explicadas con una nota al pie. En Badiou ya no se habla del poeta Orfeo, sino de Mallarmé; el posmoderno Jean-François Lyotard será amigo del sofista Trasímaco; las malas artes de Heródico, que mezcló la gimnasia con la medicina, se convertirán en la obsesión moderna por la dieta y el deporte, en aquellos que miden las pulsaciones y los gramos de la ensalada que se comen con tanto cuidado después. No es casual que el tono sea burlesco, porque el Sócrates platónico también lo era. Por otro lado, todo lo oscuro de la dialéctica, de las figuras matemáticas sin formalizar, quedará esclarecido, lo farragoso será suprimido, y se sucederán ejemplos de la historia y de la filosofía posterior. Badiou, él mismo autor de obras de teatro, explora también todo el potencial teatral y literario de los diálogos de Platón. Para esto, además de algunas libertades de traducción, cambia de signo a un personaje que se vuelve clave: de Adimanto inventa a Amaranta, una joven resuelta y apasionada que irá puntuando, junto con su hermano Glaucón, el avance de la argumentación socrática. Pero los jóvenes no se limitarán a decir siempre que sí, serán también sus críticos implacables. Toda esta transformación prolífica está coronada por audaces reconversiones de conceptos: el Bien será la Verdad, Dios el gran Otro. Y sin embargo, la República de Platón parece sobrevivir.
Toda traducción de un texto clásico es una actualización inevitable. Pero la operación de Badiou va mucho más allá, y busca la provocación. Sin embargo, el gesto tiene sus antepasados en la tradición de la traducción francesa. Acaso sea escandaloso, pero no necesariamente nuevo. Durante la época de Racine y de Corneille, el paradigma de la traducción de la literatura griega y romana estaba plagado de estos mismos procedimientos. Estas traducciones fueron llamadas “las bellas infieles”. Lo importante era que el texto no sonara extranjero, que fuera armonioso, que cultivara la lengua francesa. Su más famoso exponente fue un tal Perrot d’Ablancourt, que traducía los clásicos con la convicción de que servir al original era, precisamente, no respetarlo. En cierto modo, se trata de la reedición de la vieja querella entre fidelidad y adaptación. Ese movimiento de claridad y embellecimiento tuvo su repercusión en el estilo de escritura francés de épocas posteriores. Su contraparte absoluta fue poco después la teoría de la traducción radicalmente fiel, propuesta por el romanticismo alemán.
¿Pero por qué debería la filosofía, casi cuatrocientos años más tarde, usar esos artificios literarios? ¿No corre el riesgo de quedar pegada del lado del poema y del lado, peor aún, de la sofística tan condenada? En el prólogo de La aventura de la filosofía francesa (Eterna Cadencia), Badiou hace un retrato de ese acontecimiento que fue (y acaso aún lo sea) el pensamiento francés desde la segunda mitad del siglo XX. En la búsqueda de una nueva relación entre el concepto y la existencia, autores como Foucault, Sartre y Deleuze se propusieron inscribir la filosofía en la modernidad y crear un nuevo estilo de exposición filosófica. Este nuevo estilo, asegura Badiou, rivalizó muy a conciencia con la literatura. Se trata de un cruce que podríamos remontar, al otro lado del Rin, hasta Schopenhauer. O quizá hasta los griegos, porque ahí está presente todo el despliegue literario de los diálogos de Platón.
Fiel a su platonismo y a su propia proveniencia filosófica, Badiou elige con esta hipertraducción, que gracias a la tenaz traducción de María del Carmen Rodríguez podemos leer hoy en castellano, algo similar a una intensificación (¿última?) de esa corriente de pensamiento, tan indispensable como creativa, que comenzó hacia mediados del siglo pasado en Francia conectando filosofía y escritura. Pero el ciclo no debería cerrarse con este gesto. No al menos si los jóvenes, como quería Sócrates con sus preguntas y como quisiera Badiou con su literaria República, son aún corruptibles por la filosofía con cualquiera de sus recursos, es decir, si gracias a la filosofía son capaces de plantearse qué es una vida justa, qué es la política y cómo se construye una verdad. Para eso, todo vale.

Fuente: Revista Ñ (Diario El Clarín). 31 de octubre del 2013.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Reflexión sobre Hannah Arendt y la teoría de la banalidad del mal.

Banalizar el mal

Los que critican a Hannah Arendt tienen una idea un tanto tramposa de la humanidad.


La banalidad no sería uno de los elementos constitutivos del mal, como podría pensar más de un desalmado, sino una de sus dimensiones, y no podemos ignorar que nuestra vida funciona sumida en diferentes banalizaciones del mal, a menudo, con la ayuda de las herramientas más eficaces del cuerpo social. El cine americano ha banalizado siempre la muerte. La forma banal de matar en las películas americanas dice mucho de esa enfermedad que han heredado los videojuegos, donde la banalización de la muerte adquiere su dimensión más inmediata y fulminante, y justo desde ese ángulo se convierte en pulsión: la pulsión de matar, y también la simpleza de matar.
Sin cambiar de tema, no menos inquietante es la evidencia de que las armas están hechas para banalizar el mal. La pistola banaliza la muerte más que el cuchillo, al hacerla más distante e inmediata, y las armas drónicas que tanto le gustan a Obama la banalizan todavía más. Es la muerte a distancia: el verdugo se aleja de la víctima para que su sangre no le salpique y así le deje menos huella en la conciencia. Se trata de la banalización suprema de la muerte gracias a la tecnología.
¿Banalizar el mal sería algo normal? Sí, ciertamente es algo normal y asumido por todos los pueblos. Admiramos a los individuos que practican disciplinas de mucho riesgo, porque a su manera banalizan la muerte y la vida, y se elevan sobre esa permanente banalización.
El mundo nazi ordenado y cotidiano daba seguridad a Eichmann
Los que critican a Hannah Arendt por haber enjuiciado a Eichmann como un individuo normal (normalidad psíquica y física que los médicos y psiquiatras judíos constataron) tienen una idea un tanto tramposa y escamoteadora de la humanidad. La zona gris, esa zona en la que “se extingue todo residuo de piedad hacia el otro”, según Primo Lévi, “y la figura humana deja de conmover”, según Robert Antelme, no es algo extraordinario que aparezca a veces en el horizonte de la aventura humana, como pensaría el mismo Lévi; muy al contrario, la zona gris es algo que está siempre ahí, más o menos camuflado. Quizá era eso lo que quería decir Hannah Arendt al enjuiciar a Eichmann: no penséis que el mal y su banalidad se ocultan en criaturas extraordinarias: el mal, hasta el mal más inmundo, se puede cobijar en la estructura física y mental de un individuo tan banal y normal como Eichmann, que se limitaba a hacer lo que le ordenaban porque ese mundo rígido, ordenado y cotidiano le daba seguridad: la seguridad de la costumbre, y si la costumbre es deportar y matar da lo mismo. Nadie mejor que los autistas sabe que la repetición de un mismo movimiento da seguridad, y nadie mejor que un fumador experimenta a diario la seguridad que le da encender un cigarrillo tras otro. En esa seguridad se apoyaba Eichmann, y en esa banalidad.
Hannah Arendt, tan bien retratada en la reciente película de Margarethe von Rotta, no inventó la banalidad del mal, como le quieren achacar algunos; inventó simplemente un concepto que ilumina ciertos aspectos de nuestras relaciones con el mal. Toda vez que transigimos con el mal lo banalizamos, y vivimos permanentemente sumergidos en esa banalización. No nos asombremos si algunas veces en la historia esa banalización se apodera íntegramente del Estado.
Quizá Hannah Arendt ya tenía en su cabeza la teoría sobre la banalidad del mal antes de acercarse a Jerusalén para observar a Eichmann, y el asesino nazi le vino como anillo al dedo para ilustrar su visión de la banalidad del mal. Como dijo en este mismo periódico Monika Zgustova: “Hannah Arendt insinuó que Eichmann era un hombre de tantos, disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata”. Yo no lo pongo en duda. No solo Eichmann, todos los jerarcas nazis eran unos tipejos de una banalidad del todo demostrable. Más que a un partido político, Alemania cedió el poder a una cuadrilla de gánsteres absolutamente banales, como pensaba Brecht. Que además fuesen antisemitas no debe asombrarnos. El antisemitismo era en aquel entonces algo normal, es decir, banal.
Pero no es necesario irse hasta los nazis para encontrar estados que banalicen el mal. Todo Estado se puede convertir en una máquina inquietante de banalizar el mal. En situación de guerra, el Estado llega a banalizar la muerte hasta extremos inconcebibles, y en situación de paz también. La vida media de uno de aquellos chicos que llegaban a Verdún era de una semana. Sangre joven mezclándose continuamente con el lodo. Pero no olvidemos que en situación de paz son sobre todo los jóvenes los que mueren en las carreteras, gracias a la banalización de la muerte que ha impuesto el automóvil.
El Estado tiende a ver la mente humana como una estructura tosca
¿Cabría pensar que cuanto más banal es un individuo más va a banalizar el mal? ¿Por eso Franco, ese individuo banal, y me atrevería a decir también irredimiblemente normal, firmaba penas de muerte mientras tomaba el café de la sobremesa con su señora y sus ministros?
Bien sé que tampoco es necesario irse hasta Franco para observar una cierta institucionalización de la banalidad del mal, ya que los Estados europeos de estos momentos se diferencian de los de finales del siglo XX por una tendencia cada vez más acusada a banalizar el mal. ¿Solo el mal? En modo alguno: también están banalizando el bien, haciendo todo lo posible para desarticular el mundo de la cultura. Nadie ignora que los Estados suelen aprovechar los logros de la cultura, al menos en una segunda fase, y suelen integrarlos dentro de su sistema propagandístico, pero no parece que les guste demasiado la contestación, en primer lugar, y en segundo lugar no parece que les interese demasiado la cultura. El Estado se siente bien a sí mismo en un mundo de relativa tosquedad ideológica, filosófica y moral, de ahí que el Estado tienda a ver la mente humana como una estructura relativamente tosca. Si me diera por bromear diría que si bien el hombre es un descubrimiento antiguo para las ciencias y la filosofía, para el Estado es un descubrimiento reciente, tan reciente que aún muchos estados no han descubierto al hombre y por consiguiente no han creado derechos para él.
El Estado puede proclamar, siguiendo pautas convencionales que le exige la sociedad, el rechazo de toda violencia de género, si bien la policía puede golpear salvajemente a las mujeres en una manifestación, esgrimiendo formas en nada diferentes a las del peor maltratador. He ahí un ejemplo claro de la tosquedad a la que nos estamos refiriendo, y que conduce nada menos que a banalizar y normalizar la brutalidad contra la mujer desde el aparato mismo del Estado, que acapara en su ectoplasma cielo el monopolio de toda clase de violencia, también la de género.
No podemos poner en duda que la mente humana es bastante compleja, hasta cuando banaliza el mal, pero rara vez el Estado va a tenerlo en cuenta. No en vano, toda banalización del mal a gran escala suele empezar en las altas esferas mucho antes que en las bajas. En el avispero sirio tenemos la oportunidad de verlo desde todos los ángulos del conflicto.
Decía un personaje de la película Moulin Rouge de Huston: “Si los artistas son profetas, el nuevo siglo (se refería al siglo XX) va a ser terrible”. La idea me sigue pareciendo actual, ya que todas las novelas buenas que he leído últimamente tienen como tema único el dolor. Pero ¿y si en esa sentencia cambiásemos a los artistas por los políticos? Si los políticos son la representación más visible de nuestra sociedad, el siglo XXI va a ser, si no lo es ya, el de la más generalizada banalización del mal, y todo indica que va a dejar muy atrás al siglo pasado: el siglo en el que Hannah Arendt nos hizo ver lo normal, lo terriblemente normal que suele ser entre nosotros el mal.
Fuente: Diario El País. 08 de septiembre del 2013.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Historia de la concepción de la infancia y la niñez.


La infancia, un “invento moderno”

En la Historia, los menores fueron cambiando de estatus hasta ser admitidos como sujetos. Entonces, sobre ellos se posó la mirada fascinada de los mayores. Así, los chicos fueron investidos de los deseos y frustraciones de sus padres.

Por: Eva Tabakian

El historiador Philippe Ariès formula que la infancia, tal como se concibe en la actualidad, es una modalidad inventada en los últimos trescientos años. Antes de esta fecha, apenas podía distinguirse un adulto de un niño. El “sentimiento de la infancia”, tal como él lo denomina, que comienza a aparecer en el siglo XVII y sigue vigente hasta nuestros días, es el resultado de una profunda transformación en las creencias y estructuras mentales que traen como consecuencia la aparición de la familia nuclear moderna, es decir aquella limitada a los padres y los hijos que surge en las ciudades a principios del siglo XV.

Durante la Edad Media, en la Europa occidental, predomina una conciencia naturalista de la vida y del paso del tiempo. Cada uno de los miembros del grupo familiar dependía de los demás, y cumplir con la función de procrear era una responsabilidad ineludible, en tanto constituía el vínculo entre le pasado y el futuro. De este modo la vida y la muerte eran momentos naturales y esperables. En este contexto el niño es concebido como un vástago del tronco comunitario y, en tanto tal, era un “niño público”. La primera infancia era la época del aprendizaje: aprendizaje de la casa, del pueblo, del terruño, del juego pero también de las reglas de pertenencia a una comunidad y de las cosas de la vida cotidiana.

En la sociedad medieval, eminentemente agrícola, niños y adultos vestían con las mismas ropas, compartían el trabajo, las horas de descanso y aun los juegos. La edad cronológica tampoco era un elemento diferenciador, ya que muchos adultos no sabían siquiera la fecha de su propio nacimiento ni la de sus hijos. Anotar el día en que habían nacido no era un comportamiento habitual.
A partir del siglo XVII surge la voluntad de preservar la vida del niño, de librar al niño de la enfermedad y de la muerte prematura, repeler la desgracia intentando curarlo, tratando como dice Locke “cuando menos, de hacer que tengan una constitución que no sea propensa a enfermedades”. De este modo, el cuerpo gana autonomía, y en tanto individual y perecedero, es preciso cuidarlo y librarlo del sufrimiento. En este marco, el hijo pequeño es atendido, cuidado y mimado en tanto ocupa un lugar diferente en la sociedad: un niño al que se quiere por sí mismo y no sólo por ser un eslabón más en la cadena de descendencia.

Tiempos modernos

En estos tiempos se observan dos tendencias. Por un lado, algunos padres demasiado apasionados por sus hijos, deslumbrados con este “niño nuevo” a quien consideran más despierto y más maduro. Y, por el otro, los moralistas, que denuncian la complacencia con la que los padres y las madres educan a sus hijos.

En este pasaje histórico se ve el desplazamiento del niño y la niñez desde un estado cuasi natural al estatuto de sujeto y en consecuencia en objeto del deseo del otro, en primer lugar de ese otro que es la madre, que también debido a un desplazamiento de las relaciones ahora puede pensarse como sujeto deseante, deseante entre otras cosas de este niño.

En “Introducción al narcisismo”, Freud acuña una frase que tal vez dé con el tono de la modernidad respecto de la niñez: “su majestad el bebé”. Con ella quiere explicar la fascinación que el niño ejerce en el adulto, ese encanto que hace de él un objeto único, investido de todas las fantasías de los padres. “Su Majestad el bebé tiene la misión de cumplir los irrealizados sueños de sus padres: el varón será un gran hombre y un héroe en lugar del padre y la niña se casará con un príncipe como tardía recompensa para la madre.” Este bebé ocupa un trono a condición de un futuro de grandeza. La apreciación freudiana explicaría abundantemente el lugar del niño en las fantasías parentales y la importancia de mantener ese lugar como cumplimiento de deseos que no han sido alcanzados en la vida propia. Más adelante el análisis del pequeño Hans, uno de sus cinco casos historiales, vuelve a poner en foco no sólo la sexualidad infantil sino el lugar que el niño ocupa en la economía libidinal de sus padres. El caso de Hans es el pionero en el análisis de niños y se realizó a través de los padres del niño que eran seguidores de las teorías freudianas y recurrieron a Freud a partir de una fobia específica que dificultaba la normal vida del niño. Sabemos por el mismo Freud que más adelante este niño fue un artista reconocido y que no recordaba nada de su tratamiento infantil. Justamente hace unos días se ha publicado un libro de François Dachet ¿La inocencia violada? en la que se analiza la obra de Herbert Graff, que así se llamaba Hans o Juanito, y su relación con el psicoanálisis.

¿El país de las maravillas?

Jacques Lacan, en “Dos notas sobre el niño”, plantea que el niño puede localizarse en la estructura familiar en tres modos distintos. Puede hacerlo como síntoma, en cuyo caso estaría representando la verdad de la pareja de los padres, puede hacerlo como objeto (condensador del Goce del otro) y también como falo, identificado con el objeto imaginario del deseo del Otro.

Esta ubicuidad del niño como distintos objetos y en distintas funciones, permite pensar el lugar ambiguo y significativo que ha ocupado en la obra de algunos artistas, como por ejemplo en las fotografías de niñas de Lewis Carroll y su influencia en la creación de una obra como Alicia en el país de las maravillas . Carroll buscaba situaciones idílicas y escenarios hermosos para retratar a sus niñas a quienes leía cuentos y disfrazaba y autorizaba su práctica en la anuencia de los padres de estas criaturas a quienes pedía permiso por carta para fotografiarlas. Alicia Liddell fue una de sus modelos predilectas. Era la hija del deán de la universidad donde él trabajaba. Ella y sus hermanos posaron en numerosas ocasiones para él. Sabido es que esta práctica y algunas otras conductas llevaron tardíamente a imputarlo de pedófilo. Este espacio tan delicado y sutil revela la dificultad de distinguir claramente la localización del niño en el mundo de las fantasías del adulto. Como un dato adicional hay que agregar que ya en su época, los fotógrafos habían comenzado a tomar a los niños como modelos y hay una gran tradición y colección de fotografías de niños en distintas poses, con ropa de adultos, en escenarios inverosímiles y temáticos que representan las modas de la época.

La tradición fotográfica mencionada posee su paralelo en la pintura, que muestra un origen y una vertiente especial en todos los niños Jesús pintados junto a las Vírgenes (Miguel Angel, Raphael). Consecuentemente, en su versión moderna la imagen del niño recorre las obras de autores tan disímiles como Goya, Velázquez, Monet, Cézanne, Gauguin y Picasso entre otros. Hay, por cierto, un librito encantador que reúne estas pinturas bajo el título Garçons , una edición de Agnès Rosenstiehl que muestra la persistencia del tema del niño en la pintura de todos los tiempos. En cada obra el niño aparece bajo una mirada distinta, a veces más ingenua, a veces idealizada, otras atravesada por un erotismo enmascarado.

Finalmente, en la literatura, la Lolita de Vladimir Nabokov parece encarnar también esa vaguedad de la figura infantil devenida objeto de deseo. Novela de amor, tragedia donde lo erótico y la modernidad se entrecruzan, es una obra donde se muestra con mayor arte la infinita complejidad del alma infantil y su resonancia en el adulto. Su protagonista, el profesor inglés Humbert Humbert, queda absolutamente prendado del encanto de Lolita, niña-joven que despierta su pasión y lo arrastra más allá de las convenciones morales y hasta éticas. Este objeto fascinante, que se mueve en el borde y el límite entre lo perverso y el deseo se convierte a lo largo de la novela y después de una serie interminable de diferentes actos de desprecio y de maltrato que la muchacha le descarga al profesor, en un objeto de amor. Esta metamorfosis que, entre otras muchas, pasa por la prueba de la muerte, muestra el devenir de un objeto en otro.

El niño como objeto de deseo es, tal como lo muestran los ejemplos anteriores, un misterio tan ambiguo y misterioso como lo es el deseo mismo, sus avatares y devenires, los distintos lugares que ocupa y nos hace ocupar como lo que somos, sujetos hablantes y por lo mismo deseantes. Que el arte nos permita comprenderlo, avizorarlo y exponerlo no es algo que le sea ajeno al psicoanálisis.

Fuente: Revista Ñ. 07 de agosto del 2013.

martes, 30 de julio de 2013

Federico Andahazi: “En los tiempos de Babilonia, la sexualidad era sagrada hasta tal punto que se ofrecía en los templos por sacerdotisas. Yo hubiera sido muy devoto".

“LOS ESCRITORES SOMOS HIJOS DE GUTENBERG, EL PRIMER PIRATA DE LA HISTORIA”


Por. Cecilia Podestá

El escritor argentino Federico Andahazi comenta su última novela, “El libro de los placeres prohibidos”.
Hundió el escalpelo en la base del cuello y después de hacer una incisión vertical hasta el pubis, el asesino inició el proceso de desollar cuidadosamente a Zelda, una prostituta de las adoratrices de la nueva canasta, una casa de putas devotas y dedicadas que ocultan entre sus muros algo muy importante, algo por lo que muchos justificarían al asesino. Federico Andahazi describe la piel extendida de su personaje como la forma de una mujer deshabitada. Entonces el crimen, Dios y una ramera muerta dan inicio a “El libro de los placeres prohibidos”, reciente novela del escritor argentino.
Muy cerca de la casa de putas, tres hombres son sometidos a una inspección curial. Con el tacto de los dedos ajenos sobre sus testículos y tragando la humillación con la que se comprueba su sexo, inician el juicio contra ellos o la guerra. Uno de esos hombres es Johannes Gutenberg, falsificador, estafador, ladrón y más. Los otros dos; sus socios, un calígrafo excepcional y un banquero. Siempre se necesita capital…
Así Andahazi teje dos historias, la de los asesinatos de la casa de prostitutas de Mainz, Alemania y la del juicio a Gutenberg, en 1465.
“No, él no inventó la imprenta, lo que inventa Gutenberg es una máquina para falsificar manuscritos que llevaban dos años de trabajo a los monjes ágrafos. Él lo hacía en dos horas. La invención de la imprenta iba a ocurrir de todas maneras. Los copistas se preparaban para empezar una guerra contra los imprenteros, y con Dios de su lado. El holandés Laurens Coster es otro personaje sobre el que cae también la autoría del invento. Él denuncia que un discípulo suyo robó su máquina… ¿Gutenberg? Es muy probable”, sostiene.
"Gutemberg se convierte en el primer pirata de la historia. La literatura cambió después de él. Esta iba a ser una historia sobre el nacimiento de la imprenta y un retrato de aquella guerra entre los primeros imprenteros y los últimos copistas", comenta Andahazi.
"Fui por Mainz, después a Holanda, Bélgica. Incluso, llegué a reconocer la firma del notario del juicio. Y hay cosas que dejé al azar. Creo en el azar. Así concebimos novelas. Si bien Gutenberg era ineludible, encuentro datos sospechosos, lagunas. La única constancia de su existencia son los archivos judiciales contra él, por estafa, falsa promesa de matrimonio y una sucesión de hechos por el que puedo reconstruirlo y mostrarlo”, enfatiza el escritor.
¿El personaje de la prostituta es fascinante para ti, no?, le preguntamos. Una puta llega a ser un personaje sagrado: encarna los misterios de la feminidad, pero más allá de eso, esta novela es una suerte de saga de continuación de primer libro que fue “El anatomista”, que también estaba centrado en la figura de la prostituta. Pero no es una continuación por lo argumental ya que “El libro de los placeres prohibidos” ocurre antes. Tenía veintipocos años cuando escribí “El anatomista”. Creía que la literatura se trataba de formular preguntas, ahora que tengo cincuenta, creo que los autores también tenemos derecho a contestarnos. Y mi pregunta fue:
¿en qué momento la sexualidad dejo de ser algo agrado para ser algo pecaminoso, prohibido?
Y sin tomar aire, Andahazi parece tocar una masa en el aire, tuerce los dedos y responde enérgicamente. “En los tiempos de Babilonia, la sexualidad era sagrada hasta tal punto que se ofrecía en los templos por sacerdotisas. Yo hubiera sido muy devoto, claro, en medio de esas orgías. Mientras más placer, mayor era la ofrenda a Ishtar, la diosa babilónica del amor y de la guerra”.
Pero hay un hecho histórico que cambiaría para siempre la sexualidad concebida como ofrendas en las increíbles orgías que describe Andahazi, no solo en la conversación sino en la novela. Ocurriría años antes de Cristo. “Cuando el pueblo hebreo cae bajo el yugo de Babilonia son obligados a practicar el sexo ritual. La carne es débil… se adecuaron. Ya cuando se liberan repudian al enemigo y esto va a alcanzar sus prácticas sexuales. Y entonces nos llega como herencia judeocristiana este repudio a la carne, al placer y continúa naturalmente”.

En medio de los copistas ágrafos

Estos hombres se pasaban años de años, toda una vida copiando las biblias a mano, solo que… no sabían leer. Eran ágrafos y por lo mismo su condición era necesaria para la Iglesia. ¿Si leían y discrepaban? ¡Dios no podía ser puesto en entredicho!
“Esa figura de los monjes ágrafos que se pasan los siglos escribiendo caracteres que ignoran me impresiona mucho, y me pregunto en qué medida somos también hombres ágrafos que hacemos automáticamente una cantidad de cosas sin entender por qué. Vas al aeropuerto y ves a las personas leyendo los mismos libros, vas al trabajo en la mañana a veces sin saber por qué, ejercen su sexualidad sin preguntarse nada cargando el bagaje del pecado, el temor a la homosexualidad, al pecado. Y así escribimos nuestra biografía sin entenderla, copiando vidas ajenas, costumbres y eso es perturbador”.

El libro de los placeres prohibidos.
Las putas y los imprenteros debían llegar a un lugar en la novela en el que el placer, los crímenes y la máquina de Gutenberg tuvieran mucho en común. Y era el terror de la Iglesia a que se hicieran públicos los libros prohibidos, uno de ellos era “El libro de los placeres prohibidos”, en el que se describía detalladamente las instrucciones para las adoratrices. Podían elevar al cielo y al infierno a un hombre solo con el cuidadoso tacto de sus dedos, de su boca, con el movimiento adecuado de su vulva restregada.
"Este libro era una enciclopedia sobre el placer sexual, desde los ritos en Babilonia hasta los actos que las prostitutas pasaban de generación en generación como hijas de un templo que ya no residía sobre la tierra sino en sus propios cuerpos. El solo hecho de que el libro pudiera masificarse con la maquinita de Gutenberg causaba en los miembros de la Iglesia, ataques de pánico. Temían también a que sus propios cuerpos se abandonaran sobre el mismo libro. La Iglesia entonces se apropia del pecado, del poder, y silencia, desaparece, guarda. La novela tiene una estructura policial mientras sigue al asesino que va desollando vivas a las prostitutas o hijas de Ishtar.
"La literatura y la sexualidad son la misma cosa. Pero el poder cae, normativiza, la censura es tan antigua como la familia. Por eso sacralizan la literatura, para controlar, para ejercer un dominio y silencio. Los escritores somos hijos de Gutenberg (primer pirata de la historia). La literatura antes era sagrada, después profana", finaliza Federico Andahazi.
Fuente: Diario 16 (Perú). 30 de julio del 2013. 

domingo, 16 de junio de 2013

Hannah Arendt y la exploración sobre el criminal nazi Adolf Eichmann.

El hombre sin cualidades

PIEDRA DE TOQUE. Adolf Eichmann, uno de los especialistas del régimen hitleriano en el exterminio de judíos, fue un pobre diablo mediocre que encontró en la burocracia del nazismo la oportunidad de ascender.

Por: Mario Vargas Llosa. Premio Nobel de Literatura 2010.

Estuve una semana en París y el fantasma de Hannah Arendt me salió al encuentro por todas partes. En tres cines del Barrio Latino exhibían la película que Margarethe von Trotta le ha dedicado y me gustó mucho verla. No es una gran película pero sí un buen testimonio sobre la recia personalidad de la autora de Los orígenes del totalitarismo, su lucidez y su insobornable independencia intelectual y política.

El film está casi totalmente centrado en el reportaje que Hannah Arendt escribió, a pedido suyo, para The New Yorker sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann que se celebró en Jerusalén en 1961, y el escándalo y la controversia que provocó, sobre todo al aparecer ese texto ampliado en un libro en 1963, donde la pensadora alemana desarrolla su teoría sobre “la banalidad del mal”. La actriz Barbara Sukowa hace una sutil interpretación de Arendt; la mayor flaqueza de la película es la fugaz y caricatural descripción que presenta del vínculo que unió a Hannah Arendt con Martin Heidegger, de quien fue primero discípula, luego amante eventual y al que, pese a la cercanía que aquel tuvo con el nazismo, profesó siempre una admiración sin reservas (al cumplir Heidegger 80 años le dedicó un largo y generoso ensayo).
Y, justamente, nada más salir del cine de ver esa película, descubrí que en el pequeño teatro de La Huchette, donde se siguen dando las dos primeras obras de Ionesco (La cantante calva y La lección) que vi en 1958, se representaba también la obra de un autor argentino, Mario Diament, Un informe sobre la banalidad del amor, subtitulada Historia de una pasión, y dedicada a las relaciones de Hannah Arendt y Heidegger.
¿Existió realmente una pasión entre la brillante muchacha judía que padeció persecuciones, pasó por un campo de concentración y debió exilarse en Estados Unidos para escapar a la muerte y el gran filósofo del ser, que aceptó ser rector de la Universidad de Friburgo bajo las leyes nazis y murió sin haber renunciado nunca a su carnet de militante del Partido Nacional Socialista? En la obra de Diament, sí, tuvieron una pasión compartida, duradera y traumática, que ni las atrocidades del Holocausto pudieron abolir del todo. La obra está bien hecha y los dos actores que encarnan a los protagonistas son magníficos —Maïa Guéritte y André Nerman—, pero en la realidad, al parecer, la pasión fue bastante asimétrica, más profunda y constante de parte de la discípula que del filósofo, en quien aparentemente tuvo un sesgo más superfluo y transitorio (la verdad es que sobre este asunto hay todavía más conjeturas y chismografías que verdades comprobadas).
Sorprende que el admirable ensayo de Hannah Arendt recibiera tantos ataques grotescos
En todo caso, estos episodios me llevaron a leer Eichmann enJerusalén, que había dejado sin terminar la primera vez que lo tuve en las manos. Leído ahora, medio siglo después de su publicación, sorprende que ese denso, intenso y admirable ensayo pudiera provocar al aparecer ataques tan grotescos como los que recibió su autora (llegó a ser acusada de “pro nazi” y “anti judía” por algunos exaltados fanáticos que firmaron manifiestos para que fuera expulsada de la universidad norteamericana donde enseñaba). Pero no debería llamarnos demasiado la atención pues el siglo XX no fue sólo el de las grandes carnicerías humanas sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron.
La rigurosa autopsia a que somete Hannah Arendt al teniente coronel SS Adolf Eichmann, hombre de confianza de Himmler y uno de los más destacados especialistas del régimen hitleriano en “el problema judío” —mejor dicho, en la exterminación de unos seis millones de judíos europeos—, a raíz de los documentos y testimonios que se exhibieron en el juicio, arroja unas conclusiones escalofriantes y válidas no sólo para el nazismo sino para todas las sociedades envilecidas por el servilismo y la cobardía que genera en la población un régimen totalitario. El espíritu romántico, congénito a Occidente, nunca se ha liberado del prejuicio de ver la fuente de la crueldad humana en personajes diabólicos y de grandeza terrorífica, movidos por el ideal degenerado de hacer sufrir a los demás y sembrar su entorno de devastación y de lágrimas. Nada de esto asoma siquiera en la personalidad de ese mediocre pobre diablo, fracasado en todo lo que emprende, inculto y tonto, que encuentra de pronto, dentro de la burocracia del nazismo, la oportunidad de ascender y disfrutar del poder. Es disciplinado más por negligencia que convicciones, un instinto de supervivencia abole en él la capacidad de pensar si hay en ello algún riesgo, y sabe obedecer y servir a su jefe con docilidad perruna cuando hace falta, poniéndose una venda moral que le permite ignorar las consecuencias de los actos que perpetra cada día (como despachar trenes cargados de hombres, mujeres, niños y ancianos de todas las ciudades europeas a los campos de trabajos forzados y las cámaras de gas). Con énfasis aseguró Eichmann en el juicio que nunca había matado a un judío con sus manos y seguramente no mintió.
Cualquiera que haya padecido una dictadura, incluso la más blanda, ha comprobado que el sostén más sólido de esos regímenes que anulan la libertad, la crítica, la información sin orejeras y hacen escarnio de los derechos humanos y la soberanía individual, son esos individuos sin cualidades, burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapariciones, mirando sin mirar, oyendo sin oír, actuando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes que, de este modo, como le ocurrió a Adolf Eichmann, llegan a escalar las más altas posiciones. Invisibles, eficaces, desde esos escondites que son sus oficinas, esas mediocridades sin cara y sin nombre que pululan en todos los rodajes de una dictadura, son los responsables siempre de los peores sufrimientos y horrores que aquella produce, los agentes de ese mal que, a menudo, en vez de adornarse de la satánica munificencia de un Belcebú se oculta bajo la nimiedad de un oscuro funcionario.
Esos individuos sin cara y sin nombre son los responsables de los peores sufrimientos
Kafka ya lo identificó en esos invisibles personajes que juzgan y ejecutan a inocentes como K. por crímenes fantásticos e inexistentes, pero el gran mérito de Hannah Arendt es haber sacado de la literatura a ese hipócrita y darle el protagonismo que merece como secuaz indispensable de los verdugos y haberlo tipificado como el agente predilecto del mal en el universo totalitario.
Eichmann “no era ni un Yago ni un Macbeth”, dice Hannah Arendt, ni tampoco un estúpido. “Fue la pura ausencia de pensar —lo que no es poca cosa— lo que le permitió convertirse en uno de los más grandes criminales de su época. Esto es ‘banal’ y hasta cómico, pues, ni con la mejor voluntad del mundo se consiguió descubrir en Eichmann la menor hondura diabólica o demoníaca”. Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann.
Algo de esto había dicho años antes Georges Bataille, comentando el prontuario criminal del valeroso compañero de batalla de Juana de Arco al que se le descubrió más tarde que asesinaba niños en serie porque era un pervertido sexual: que, nos guste o no, en el fondo de todos nosotros, no sólo los “malos”, también los “buenos”, se esconde un pequeño Gilles de Rais.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013.
Fuente: Diario El País. 16 de junio del 2013.

domingo, 14 de abril de 2013

Los imperativos de comer y follar en la sociedad posmoderna.

La política de la negación

El poder no reprime el sexo y el placer, sino que es el gran incitador y frente a él los asexuales y los anoréxicos representan un movimiento místico que retrotrae a la remota edad de los anacoretas.


Por. Jesús Ferrero (Escritor)
Todavía a finales de los años setenta del siglo pasado los maestros de la escuela de París permanecían cerrilmente empeñados en enjuiciar el poder como una fuente de represión del sexo y el placer y no como una fuente de incitación al sexo y a todos los placeres, perversos o no. Yo abandoné la escuela de París por eso: no estaba de acuerdo en esa visión del poder. Como estudiante de historia y antropología, tenía claro que habían existido formas de poder que en lugar de reprimir los placeres, sexuales o no, incitaban a ellos, y me parecía que en el Occidente moderno estaba ocurriendo lo mismo. Cuando Foucault cambió de enfoque y empezó a aceptar que el poder lejos de prohibir el desahogo pulsional lo estimulaba, para mí ya era demasiado tarde y me había olvidado de la universidad y de sus claustros, que por no protegerte ni siquiera te protegían del asesinato, como había demostrado el desdichado Althusser y su aún más desdichada víctima: su mujer.
Bien es cierto que todavía muchos ingenuos siguen viendo el poder como el eterno represor del sexo y los demás placeres, quizá porque no piensan en el poder romano.
Para ver hasta qué punto el poder en Roma incitó a toda clase de placeres, mórbidos o no, basta con recordar las fiestas de inauguración del Coliseo, con miles y miles de animales sacrificados, cientos de ejecuciones, cientos de representaciones más o menos mitológicas con escenas de bestialismo y zoofilia… Fue la gran bacanal del sexo, la muerte y la sangre, en la que pudieron solazarse los trescientos mil parados que en aquel momento tenía Roma.
Desde los años setenta (en realidad ya antes, si bien no de forma tan insistente) el poder en Occidente ha asumido el papel que tenía en Roma: el de gran incitador, y en modo alguno el de gran represor. Uno de los asuntos más insoportables de la posmodernidad es que todavía existen predicadores que pretenden liberarnos de problemas de los que quizá siempre hemos estados liberados. A este respecto recuerdo lo que me decía mi madre, una mujer de posguerra que se casó embarazada. “¿De modo que piensas que ahora folláis más que antes?”, me preguntaba, y añadía: “¡Que ingenuidad! La humanidad siempre se las ha arreglado para cumplir con su deber fundamental”. Mi madre cree que siempre se ha follado más o menos igual, es una certeza que nunca la ha abandonado, y esa sabiduría tan desmitificadora ha sido muy importante en mi vida, y todos mis acercamientos a la historia y a la antropología han estado presididos por esa verdad heredada de la mujer que me trajo al mundo, y que me ha librado de muchos espejismos acerca de la sexualidad.

Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar
El poder como incitador y no como represor desarma a los que aún se llenan la boca con conceptos como represión, liberación, derrocamiento de tabúes y necedades por el estilo. Todavía no hace mucho anunciaban en un telediario una obra de teatro en la que, según decía la presentadora, “se ensalzaba un sexo sin tabúes”. Se refería al sexo anal. Vaya memez, ¡como si ahora estuviera prohibida la sodomía y fuese necesario educar a ese respecto al personal!
Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar, el follar y el comer. ¿Cuántos programas gastronómicos hay en la televisión? ¿Y cuántos que tocan de una u otra manera el sexo, sin contar que a partir de una determinada hora todos los canales se vuelven pornográficos, incluidos algunos de inspiración católica?
Ocurre sin embargo que cuando los sistemas se empecinan en repetir siempre los mismos mensajes incitadores, generan asfixia en el cuerpo social, y empiezan a surgir rebeliones y místicas de la negatividad. Los anacoretas del siglo III después de Jesucristo huían al desierto porque rechazaban políticamente la disipación tan publicitada por el sistema romano. Era una opción mística, pero a su manera era también una opción política que consistía en abandonar la polis y todas las incitaciones del poder. San Agustín, que fue de joven amante de los espectáculos circenses y sangrientos, sabía algo de eso.
Creo que es desde ese ángulo desde donde debemos ver el movimiento de los anoréxicos, por un lado, y por otro el movimiento de los nuevos apáticos y negadores del sexo, que se está extendiendo en Japón de forma inquietante pero en modo alguno sorprendente.
En un mundo gobernado por la gula y el placer de comer y defecar, como si fuésemos un tubo más que un organismo, el anoréxico se sitúa como el místico de la privación más radical que cabe imaginar, una privación que ya fue adoptada por los anacoretas del pasado. Ellos eran también claramente negadores de la gula y sentían las mismas sensaciones que los místicos de la privación de ahora: los anoréxicos.

Una mística reciente de la privación es la de los negadores del sexo, que en Japón es ya casi una epidemia
Más allá de que pretendan imitar a las modelos, como creen los habituados al simplismo, los anoréxicos son místicos que rechazan comer, algo tan fundamental como respirar, enfrentándose crudamente a sus padres, que les dieron la vida y los alimentaron. Pero en realidad no hacen nada que no hicieran anacoretas como san Antonio, el de las visiones, el alucinado. Y los místicos de ahora que se privan de comer ya saben también que no alimentarse es exponerse a toda suerte de alucinaciones, algunas muy pavorosas y de una intensidad muy superior a las propiciadas por las drogas.
¿Es la respuesta a tanto exceso gastronómico, a tanto gordo, a tanta grasa, a tanta publicidad, a tanta incitación sistemática? ¿Es también buscar la muerte? Seguramente sí, pero todo nuestro sistema está impregnado de muerte y desesperación.
Otra mística de la privación, más reciente, es la de los negadores del sexo. Puede que el 5% de la población mundial sea asexuada, como decía en un excelente artículo Rita Abundancia, pero es que en Japón, curiosamente el país más pornográfico y pederasta de la tierra, la asexualidad se está propagando como una epidemia, sobre todo entre los adolescentes. Ocurre además que en muchos casos el desdén por el sexo se conjuga con el desdén por la comida (en un país como Japón con una gastronomía tan cultivada), y se limitan a alimentarse de cereales con leche. Resulta muy sintomática esta tendencia, surgida en el seno de la cultura más cibernética del mundo, en la que todos los individuos viven enganchados a los hilos del sistema, como elementos de una misma máquina bien engrasada y digitalizada, y donde las rebeliones han brillado por su ausencia.
Son nuevos movimientos de anacoretas, que surgen de nuestras sociedades como surgieron en los primeros siglos del cristianismo y por razones muy parecidas. Son nuevas disciplinas de la privación en el interior de sistemas que nos incitan a no privarnos de nada. Toda una mística y toda una política tan explícitas como reales, lo queramos aceptar o no. La humanidad se las arregla para cumplir con sus deberes gastronómicos y sexuales, cierto, pero también para oponerse a ellos cuando se cansa y cuando quiere plantar cara a las órdenes sistemáticas por hartazgo, por asco, por fatiga y desidia. Viendo lo que está pasando uno entiende mejor el mensaje de Sartre: “Estamos condenados a ser libres”, y cuando nos obligan a comer y a follar por sistema, de pronto decidimos no hacerlo, en parte porque no conocemos un infierno más tétrico que la sensación de esclavitud. Los caminos de la rebelión son tan inextricables como los del Innombrable, dirían los dos hombres que esperaban a Godot.
Jamás caeré en la asexualidad y en la anorexia, ni aconsejo caer en ellas, pero entiendo por qué en nuestro tiempo surgen movimientos que nos retrotraen a la remota edad de los anacoretas.
Fuente: Diario El País (España) . 06 de abril del 2013.

domingo, 13 de enero de 2013

Crítica al libro "Civilización: Occidente y el resto" de Niall Ferguson.


Apogeo y decadencia de Occidente

PIEDRA DE TOQUE: Niall Ferguson explica las ventajas de la cultura occidental y las razones de su declive aunque se olvida de un elemento esencial de su fuerza: su espíritu crítico.


Por: Mario Vargas Llosa (Premio nobel de literatura 2010)
En su ambicioso libro Civilización: Occidente y el resto, Niall Ferguson expone las razones por las que, a su juicio, la cultura occidental aventajó a todas las otras y durante quinientos años tuvo un papel hegemónico en el mundo, contagiando a las demás con parte de sus usos, métodos de producir riqueza, instituciones y costumbres. Y, también, por qué ha ido luego perdiendo brío y liderazgo de manera paulatina al punto de que no se puede descartar que en un futuro previsible sea desplazada por la pujante Asia de nuestros días encabezada por China.
Seis son, según el profesor de Harvard, las razones que instauraron aquel predominio: la competencia que atizó la fragmentación de Europa en tantos países independientes; la revolución científica, pues todos los grandes logros en matemáticas, astronomía, física, química y biología a partir del siglo XVII fueron europeos; el imperio de la ley y el gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón; la medicina moderna y su prodigioso avance en Europa y Estados Unidos; la sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró de manera vertiginosa el desarrollo industrial, y, sobre todo, la ética del trabajo que, tal como lo describió Max Weber, dio al capitalismo en el ámbito protestante unas normas severas, estables y eficientes que combinaban el tesón, la disciplina y la austeridad con el ahorro, la práctica religiosa y el ejercicio de la libertad.
El libro es erudito y a la vez ameno, aunque no excesivamente imparcial, pues privilegia los aportes anglosajones y, por ejemplo, ningunea los franceses, y acaso sobrevalora los efectos positivos de la reforma protestante sobre los católicos y los laicos en el progreso económico y cívico del Occidente. Pero tiene muchos aspectos originales, como su tesis según la cual la difusión de la forma de vestir occidental por todo el mundo fue inseparable de la expansión de un modo de vida y de unos valores y modas que han ido homogenizando al planeta y propulsando la globalización. Por eso, con argumentos muy convincentes Niall Ferguson sostiene que la promoción del pañuelo y el velo islámicos no es una moda más, sino forma parte de una agenda cuyo objetivo último es limitar los derechos de la mujer y conquistar una cabecera de playa para la instauración de la sharía . Así ocurrió en Irán tras la Revolución de 1979 cuando los ayatolás emprendieron la campaña indumentaria contra lo que llamaban la “occidentoxicación” y así comienza a ocurrir ahora en Turquía, aunque de manera más lenta y solapada.
Ferguson defiende la civilización occidental sin complejos ni reticencias pero es muy consciente del legado siniestro que también constituye parte de ella —la Inquisición, el nazismo, el fascismo, el comunismo y el antisemitismo, por ejemplo—, pero algunas de sus convicciones son difíciles de compartir. Entre ellas la de que el imperialismo y el colonialismo, haciendo las sumas y las restas, y sin atenuar para nada las matanzas, saqueos, atropellos y destrucción de pueblos primitivos que causaron, fueron más positivos que negativos pues hicieron retroceder la superstición, prácticas y creencias bárbaras e impulsaron procesos de modernización. Tal vez esto valga para algunas regiones específicas y ciertos tipos de colonización, como los que experimentó la India, pero difícilmente sería válido en el caso de otros países, digamos del Congo, cuya anarquía y disgregación crónicas derivan en gran parte de la ferocidad de la explotación y del genocidio de sus comunidades que impuso el colonialismo belga.
El libro dedica muchas páginas a describir la fascinante transformación de la China colectivista y maoísta del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao Tse-tung a la que impulsó Deng Xiaoping, la de un capitalismo a marchas forzadas, abriendo mercados, estimulando las inversiones extranjeras y la competencia industrial, permitiendo el crecimiento de un sector económico no público y de la propiedad privada, pero conservando el autoritarismo político. Al igual que la Inglaterra de la Revolución Industrial que estudió Max Weber, el profesor Ferguson destaca el poco conocido papel que ha desempeñado también en China, a la vez que su economía se disparaba y batía todos los récords históricos de progreso estadístico, el desarrollo del cristianismo, en especial el de las iglesias protestantes. Las cifras que muestra en el caso concreto de la ciudad de Wenzhou, provincia de Zhejiang, la más emprendedora de China, son impresionantes. Hace treinta años había una treintena de iglesias protestantes y ahora hay 1.339 aprobadas por el gobierno (y muchas otras no reconocidas). Llamada “la Jerusalén china”, en Wenzhou buen número de empresarios emergentes asumen abiertamente su condición de cristianos reformados y la asocian estrechamente a su trabajo. La entrevista que celebra Ferguson con uno de estos prósperos “jefes cristianos” de Wenzhou, llamado Hanping Zhang, uno de los mayores fabricantes de bolígrafos y estilográficas del mundo, es sumamente instructiva.
Aunque no lo dice explícitamente, todo el contenido de Civilización: Occidente y el resto deja entrever la idea de que el formidable progreso económico de China irá abriendo el camino a la democracia política, pues, sin la diversidad, la libre investigación científica y técnica y la permanente renovación de cuadros y equipos que ella estimula, su crecimiento se estancaría y, como ha ocurrido con todos los grandes imperios no occidentales del pasado —Ferguson ofrece una apasionante síntesis de esa constante histórica—, se desplomaría. Si eso ocurre, el liderazgo que la civilización occidental ha tenido por cinco siglos habrá terminado y en lo sucesivo serán China y un puñado de países asiáticos quienes asumirán el papel de naves insignias de la marcha del mundo del futuro.
Las críticas de Niall Ferguson al mundo occidental de nuestros días son muy válidas. El capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y las élites económicas, cuya voracidad, como demuestra la crisis financiera actual, los ha llevado incluso a operaciones suicidas, que atentaban contra los fundamentos mismos del sistema. Y el hedonismo, hoy día valor incontestado, ha pasado a ser la única religión respetada y practicada, pues las otras, sobre todo el cristianismo tanto en su variante católica como protestante, se encoge en toda Europa como una piel de zapa y cada vez ejerce menos influencia en la vida pública de sus naciones. Por eso la corrupción cunde como un azogue y se infiltra en todas sus instituciones. El apoliticismo, la frivolidad, el cinismo, reinan por doquier en un mundo en el que la vida espiritual y los valores éticos conciernen sólo a minorías insignificantes.
Todo esto tal vez sea cierto, pero en el libro de Niall Ferguson hay una ausencia que, me parece, contrarrestaría mucho su elegante pesimismo. Me refiero al espíritu crítico, que, en mi opinión, es el rasgo distintivo principal de la cultura occidental, la única que, a lo largo de su historia, ha tenido en su seno acaso tantos detractores e impugnadores como valedores, y entre aquellos, a buen número de sus pensadores y artistas más lúcidos y creativos. Gracias a esta capacidad de despellejarse a sí misma de manera continua e implacable, la cultura occidental ha sido capaz de renovarse sin tregua, de corregirse a sí misma cada vez que los errores y taras crecidos en su seno amenazaban con hundirla. A diferencia de los persas, los otomanos, los chinos, que, como muestra Ferguson, pese a haber alcanzado altísimas cuotas de progreso y poderío, entraron en decadencia irremediable por su ensimismamiento e impermeabilidad a la crítica, Occidente —mejor dicho, los espacios de libertad que su cultura permitía— tuvo siempre, en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitía ganar batallas que parecían ya perdidas.
¿Ha desaparecido el espíritu crítico en la frívola y desbaratada cultura occidental de nuestros días? Yo terminé de leer el libro de Niall Ferguson el mismo día que fui al cine, aquí en New York, a ver la película Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, extraordinaria obra maestra que narra con minuciosa precisión y gran talento artístico la búsqueda, localización y ejecución de Osama bin Laden por la CIA. Todo está allí: las torturas terribles a los terroristas para arrancarles una confesión; las intrigas, las estupideces y la pequeñez mental de muchos funcionarios del gobierno; y también, claro, la valentía y el idealismo con que otros, pese a los obstáculos burocráticos, llevaron a cabo esa tarea. Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato.
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© Mario Vargas Llosa, 2013
Fuente: Diario El País. 10 de enero del 2013.